Se había levantado con una idea fija en su mente. Lo cierto es que lo tenía señalado en la agenda desde hacía tiempo. Había tenido que fijarse aquel día como límite, porque se daba largas a sí mismo. Era un asunto de esos para los que jamás es el momento idóneo.
Estaba nervioso cuando llegó a la tienda, inmersa en el bullicio del centro de la gran ciudad. Fotografías de cuerpos cubiertos de tatuajes y perforados hasta la nausea eran la única decoración de aquel reducido local.
El dependiente sonrió cuando le estrechó la mano. Era un hombre de nos treinta años, con la cabeza afeitada y muy corpulento. Tenía dos serpientes dibujadas en los brazos, y bajo su camiseta blanca ajustada se adivinaban más tatuajes de complicadas formas y colores vivos.
Tras saludarle, aquel empleado con aspecto de bonachón le miró a los ojos con gesto dubitativo y susurró:
- Tu eres el del pendiente en... en... bueno, ya sabes.
- Eso parece.
Iba a ser un día muy largo.
25 de septiembre de 2006
Parte I. Una día señalado
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Pau
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