Anteriores: Parte I. Angustia, Parte II. Nervios, Parte III. Pausa
Durante los tres meses que Frank permaneció en pie en aquella tienda del centro, frente a frente con el dependiente, sin pronunciar palabra ni moverse, pensamientos sombríos invadieron su mente. Quizás lo que más le irritaba era no haber podido cambiar esa absurda expresión de sorpresa de su rostro –interrumpida con el último punto final– que no reflejaba en absoluto el odio contenido que sentía... aunque quizás lo peor de todo era pasar tanto tiempo en compañía de aquel gordito tatuado, cuyo aspecto bonachón se le antojaba por momentos siniestro.
Con esa actitud, cavilaba, no me extraña que aquel tipo volviera de entre los muertos para enterrarle vivo... debería aprender a tratarnos mejor. Al fin y al cabo, sin nosotros a ver qué hacía para impresionar a las cuatro que le leen...
Había empezado a decir "hasta luego, tío", para despedirse de aquel misterioso recadero, cuando ambos quedaron paralizados. Se veía en el espejo del fondo con la boca ridículamente abierta, a punto de pronunciar esa frase que había rondado su mente hasta la locura durante los meses que llevaba en aquella estúpida tienda. Por lo menos, se consoló con un punto de ironía, el dependiente ya no sudaba.
Estaba perdido en estas consideraciones cuando se sorprendió a sí mismo exclamando en voz alta:
- Hasta luego, tío.
¡Vaya! El tiempo volvía a correr como de costumbre. Se dio cuenta de que podía moverse y miró al dependiente, al fondo, con gesto de alivio.
- ¿Por qué has dicho "hasta luego"? –inquirió éste– no te irás a marchar ahora...
- No, no... es que la reanudación me ha cogido por sorpresa...
Ambos se sonrieron aliviados, mientras por el hilo musical empezaba a sonar "The Show Must Go On". Frank se dio cuenta apesadumbrado de que tenía más razón de la que creía cuando, aquel siete de noviembre, había pensado que iba a ser un día muy largo.
Lo estaba siendo...
2005 - 2010 Pau. Todos los derechos reservados.