28 de octubre de 2005

Parte III. Satanás en la casa de Dios

Esta es la tercera parte de "The Cemetery Gates". Puedes leer los capítulos anteriores más abajo en esta misma página o utilizando los enlaces de la derecha.

Con las primeras luces del día me encontré junto al muro de piedra de lo que definitivamente resultó ser un monasterio. Su silueta se levantaba frente a mí con una majestuosidad siniestra y misteriosa. Muros de piedra, ventanas de madera vieja quemada por el sol. Aparentemente, consistía en una iglesia románica y sobria a la que había sido añadido el edificio de los monjes, muy sencillo también, y cuidado con mucho esmero. Todo el conjunto descansaba sobre la falda de la montaña, como un niño en el regazo de su madre.


Trepé por el muro para poder ver mejor el edificio. Me sorprendió la fuerza de mis brazos, que podía ver esqueléticos, casi demacrados... con cuidado para no ser percibido, eché un vistazo por encima de la tapia. Como había supuesto, todas las tierras que rodeaban el edificio estaban sembradas... legumbres, verduras, árboles frutales... el colorido primaveral de las huertas contrastaba con la sobriedad amarronada de la piedra del monasterio. Había una cierta cantidad de arbustos rodeando todo el patio, así que decidí a subir completamente a lo alto del muro, me dejé caer con sigilo y me oculté tras un matorral.


El corazón me latía con furia... pensé si sería un buen momento para comer algo, pero sorprendentemente no parecía tener hambre... no podía permanecer allí eternamente, de modo que comencé a caminar a gatas hasta el edificio del monasterio. Un súbito ruido de campanas me puso al borde del colapso, pero me tranquilicé tras pensar en que todos los frailes irían ahora a celebrar una misa. Me levanté y corrí agazapado hasta una ventana abierta de la primera planta. Miré rápidamente y sin pensarlo ni un segundo, salté a través de ella. Estaba dentro.


Mis ojos tardaron en acostumbrarse a la oscuridad casi tenebrosa... inspeccioné rápidamente el lugar. Me encontraba al final de una especie de largo corredor. A derecha e izquierda había puertas y puertas, supuse que eran las celdas de los frailes. Comencé a caminar hasta que llegué a una esquina... la doblé con precaución, y frente a mí ví continuar la sucesión interminable de puertas. Abrí una muy despacio, temeroso de ser descubierto... pude ver una cama, un armario viejo y destartalado, y un crucifijo sencillo sobre una pequeña ventana.


Súbitamente oí el golpe de una puerta al cerrarse y unos pasos apresurados que se acercaban. Se oía a alguien murmurar enfadado. El murmullo se iba haciendo más y más próximo... Rápidamente reaccioné y me metí en la celda, empujando la puerta tras de mí pero sin cerrarla del todo... quería poder mirar. Quien quiera que viniera -supuse que era un fraile- calló y se detuvo de inmediato, se había percatado de que había algo raro... pero al momento reanudó su marcha y su farfullo malhumorado. Me quedé pegado al umbral, mirando por la rendija que quedaba.


El anciano fraile dobló la esquina y pasó ante la puerta sin intuirme siquiera. Vestía un hábito negro, algo raído pero en general en buen estado, con un cordón dorado en la cintura... tendría más o menos mi altura... sonreí con una mueca macabra y con suavidad, me deslicé tras él.


Debió de sentirme, porque se detuvo en seco nuevamente. Volvió la cabeza justo a tiempo de que el crucifijo que previamente había descolgado de la habitación se hundiera en su frente. La sangre comenzó a brotarle de la brecha a borbotones. Levantó la cabeza, ya tambaleándose... una mueca de horror quebró su expresión, cuando sus ojos repararon en la piel quemada de mi rostro. Le sujeté por los brazos y le dejé en el suelo para que su caída no alertara al resto del monasterio.


El anciano balcuceaba oraciones en latín escupiendo sangre, mientras yo le arrebataba el hábito con violencia. Sus ojos grises vidriosos se posaron en los míos... “Es Satanás quien te envía... pero veo amor en tu interior. Yo... te perdono” susurró. Su mirada se llenó de terror cuando le mostré su corazón arrancado escupiendo sangre en mi mano cerrada. Lo devoré ante él. A los pocos segundos expiraba. Murió con el gesto tranquilo, no había rastro de miedo en su rostro, solamente el cansancio de una vida.


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Parte II. Despertar en el infierno

Me encontraba caminando hacia ninguna parte... mis pisadas resonaban sordas en el asfalto estropeado. Tenía la sensación de ser observado y la ansiedad me invadía por completo... a ratos me sorprendía volviéndome con rapidez, tratando de descubrir qué o quién me seguía... estaba convencido de no estar solo. Pensé que si seguía aquel camino me volvería loco.


Me dejé caer en la cuneta pesadamente, temblando de miedo y frío. Todavía podía ver a lo lejos la puerta del cementerio entreabierta, con sus sombras amenazantes. «Este maldito frío...» Fue en ese momento cuando por primera vez reparé en mí mismo... Mi piel... «Oh Dios, ¿qué me ha pasado?» Me llevé las manos frente a los ojos y lancé un alarido de horror que hizo romperse mi garganta... aparté las manos de mí con pavor, como si pudieran atacarme... sentía miedo de mí mismo.

Reparé después en mis brazos... Lo que en otro tiempo fue piel fina era ahora una especie de gruesa e irregular tela marrón negruzca y carbonizada, de tacto seco y duro... Un rápido vistazo me confirmó con una naúsea que toda mi piel se había convertido en esa masa horripilante y asquerosa. Observé mi ropa por primera vez, completamente destrozada, llena de tierra y hongos... vestía los restos raídos de una camisa de seda blanca y de un traje negro... pude ver lo que fueron unos zapatos de cuero oscuro sobre mis pies semidesnudos. Las fuerzas me abandonaban, y no me sentía capaz ni de permanecer sentado... me dejé caer al suelo de espaldas y, mirando al cielo negro como un abismo... simplemente, lloré. «¿Qué soy?... ¿Qué me ha ocurrido?»

Sobrepasado por las circunstancias comencé a arrastrarme por el suelo... una melena negra mugrienta de frágiles cabellos caía ahora sobre mi frente. Mis uñas se rasgaban con el asfalto deshilachado... Me sentía terriblemente abatido, sin fuerzas para nada... Me asustaba a mí mismo por verme convertido en un monstruo... La noche parecía ahora clarear... estaba amaneciendo.

Las últimas sombras de la noche me obligaron a reaccionar. Nadie podía verme en esa situación, si tenía que hacer algo eso era desaparecer de allí cuanto antes... tarde o temprano pasaría alguien por la vieja carretera y no deseaba ni un sólo sobresalto más por esa noche. A lo lejos, en la creciente claridad, empezaba a adivinarse una misteriosa silueta... me froté los ojos, ásperos como el papel de lija, y pude vislumbrar lo que parecía ser un viejo monasterio.

Pensé que no tenía más remedio que empezar a caminar hacia allí... una tenebrosa idea comenzaba a rondar mi mente y me hizo esbozar una sonrisa macabra en mis tirantes labios. A pesar de ello, mi confusión era absoluta, y me sentía sumido en el peor de los abatimientos... no sabía en qué me había convertido. Intenté hacer memoria y no pude recordar nada... Todos mis recuerdos parecían reducidos a aquella noche horrible.

Sólo podía estar seguro de que esa madrugada algo misterioso había dado comienzo... y que prometía ser la peor de las pesadillas...



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26 de octubre de 2005

Parte I. Las puertas del cementerio

Era una noche sin luna... me incorporé en la oscuridad más obsesiva y comencé a caminar hacia lo que parecía ser una luz fría e inerte que vibraba inquieta en la lejanía... Sentía un frío paralizante, más que en toda mi vida... crucé los brazos sobre mi pecho sin reparar en que mis anteriores ropas eran ahora harapos húmedos y mohosos... Seguí caminando a pasos irregulares, encorvado y con la cabeza baja. El viento siniestro de la noche sacudía los árboles y los hacía oscilar amenazadoramente. La hierba alta se movía al compás, en un unísono caótico que trazaba mil caminos sin destino a un mismo tiempo. Su anterior verdor vivo había devenido en una palidez negruzca. «Todo es tan distinto en la noche...»

Avancé confuso en la penumbra. La humedad de la madrugada empapaba mis pies y lo que en otro tiempo habían sido unos pantalones. Mi paso era vacilante y se tornaba inestable por momentos. Perdí el equilibrio de nuevo, y mi cuerpo entero dió contra el suelo frío y duro. La tierra empapaba mis labios... levanté entonces la cabeza, y un grito de horror ahogado estremeció mi garganta. Frente a mí se alzaba la silueta siniestra e imponente de una lápida gris sucia y estropeada.

De un salto me puse en pie, lleno de pánico. El sudor escapaba por todos mis poros y un escalofrío recorría mi espalda. Miré a mi alrededor y no pude sino caer de rodillas, cuando las siluetas de las tumbas y las cruces pétreas de los nichos, me hicieron comprender que la pútrida tierra que pisaba era tierra de cementerio.

Corrí preso de un terror indescriptible, tropezando con las hileras de sepulturas que torpemente trataba de saltar... Al final de un camino casi borrado vislumbré de nuevo aquella débil luz azulada tras lo que parecía ser una vieja puerta... quería ir más y más deprisa, salir de allí, pero tenía las piernas completamente entumecidas, las sentía pesadas y duras como la roca, y apenas percibía como se estremecían a cada paso que daba. Tras unos segundos de carrera llegué a las verja de la entrada.

Empujé con mis escasas fuerzas la pesada puerta que chirrió como un chillido agonizante que me produjo un largo y truculento escalofrío... Al fín sentía que podía respirar. Me encontraba en una carretera apartada y en penumbra, sólo iluminada por unas pocas viejas farolas de luz débil e incandescente. Lleno de alivio, me volví hacia el camposanto cubierto por las sombras y dirigí una mirada inquieta... Con el rostro descompuesto, y aún preso del pánico, comencé a caminar con paso dubitativo por la oscura carretera, sabiéndome solo e indefenso.

Siempre me había aterrorizado el simple pensamiento de poder encontrarme un día frente a las puertas del Cementerio... Ahora sabía que había algo más horrible: encontrarse tras ellas...


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