La ciudad se extiende en el infinito, más allá de donde alcanza la vista que, fatigada por la neblina de la contaminación, se detiene antes de lo debido. El mar sólo se intuye como un reflejo azul en el horizonte. Se suceden las calles grises, unas tras otras, sin fin, ordenadas con obsesión geométrica en el ensanche, caóticas e indescifrables en el casco antiguo. Puedo caminar hasta la orilla del mar, pero tardaré varias horas en alcanzarla –todavía no he conseguido entender lo que esto significa–.
La ciudad es inabarcable, eterna, harta de contrastes, capaz de todo: de grandes avenidas donde no existe un edificio previsible; de callejones miserables y sucios donde se alternan los locutorios con paredes grises llenas de jirones de carteles arrancados.
La ciudad es inconmensurable. Si esta noche no regresas a casa no sabré ni siquiera por dónde empezar a buscarte. Por la noche cierra el metro y las distancias se hacen insalvables. Entonces, en su cielo naranja insomne, la ciudad se muestra tranquila y amenazante. Y se extiende, en el infinito, más allá de donde alcanza la vista que, fatigada por la neblina de la contaminación, se detiene antes de lo debido.
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