Hay obstáculos ante mi que en otra vida me habrían parecido insalvables. Ahora sé –serán los años– que a lo lejos está el mar. Igual que cuando miro al norte, en la neblina de la distancia infinita en que mis ojos se pierden, sé que después de las llanuras desérticas están aquellas montañas grises, y que tras ellas sólo hay que dejarse caer y volar hasta el océano y dejarse acariciar por su brisa y sentir su sal en los labios.

He visto el mar. Llevaba días deambulando por mi mente, tratando de entender a dónde llega el camino que emprendí hace años. Y hoy vi que llega al mar. Que el camino ha sido –a su manera– bello, pero que la meta es más bella aún. El camino que he trazado en el desierto es recto, inviolable, milimétrico. Es el camino más corto entre dos vidas. Estoy orgulloso de mi camino.
Acostumbrado a caminar mirando al suelo, un paso, otro paso, hoy pude levantar la cabeza y después de tantos años pude ver que la cima está realmente cerca. Está ahí, sólo es cuestión de tiempo. Y por primera vez me atreví a trazar una línea para lo que queda de camino. Ahora ya sé exactamente a dónde quiero llegar. Lo he visto. Ahora ya sé cómo voy a llegar. Hasta el último detalle.