Y me dejas en este mar de incertidumbres, confuso y desorientado. Las preguntas se agolpan sin respuesta cada vez que pienso en ti... –pones en mi ojos un interrogante melancólico–.
No saber qué pasa por tu mente, qué piensas cuando te quedas sola, qué sientes cuando me recuerdas. Si es que me recuerdas. Ser incapaz de crear la más mínima idea sobre lo que sientes por mí, sin tan siquiera saber si sientes algo.
Las preguntas se agolpan junto a los recuerdos. No puedo entender qué ha pasado, qué ha cambiado, qué no ha cambiado, qué no ha pasado. Quiero preguntarte, intentar romper la incertidumbre, dejar de sentir ese vuelco en el estómago cada vez que tu nombre viene a mí. Pero no puedo.
Y mi condena es esperar y esperarte, aguardar contando los días, por el momento de intentar recuperar todo lo que un día fue pero que quizá ya no es. Sin poder hablarte de ello. En silencio. Escuchando tu risa por el teléfono, dejándome llevar en el eco de tu voz, guardando para mí esa duda que me quema por dentro como ácido cada segundo que la retengo, preguntándome porqué todo ha de ser tan complicado. Golpeando con los puños el muro que se interpone entre nuestras almas.
Maldiciéndome y maldiciéndote. Preguntando al reflejo de tus ojos en la luna si todavía me quieres.
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