Hace ya unas cuantas semanas, volviendo a casa en la madrugada de un viernes encontré una cartera tirada en la acera. No vi a nadie en las proximidades, y pensé que lo mejor sería entregarla en comisaría. Esa noche llegué a casa con la cartera en cuestión y la abrí en busca de documentación o algo parecido. Encontré un DNI entre unas cuantas tarjetas de salones de belleza, billetes de avión y otro montón de papeles. Una chica de mi edad, de Asturias. Decidí que devolvería todo en cuanto pudiera, pero me apunté sus datos con la idea de escribir una carta a su domicilio informando de que había encontrado aquella vieja cartera de piel.
A los pocos días lo entregué todo en comisaría y envié una carta a la interesada. Y hasta hoy no supe nada de ella. Hasta hoy. Acabo de encontrar en el buzón una carta con mi dirección escrita con letra de chica de mi edad, de Astudias, y con un remitente de dos calles más allá. Abro la carta mientras subo por las escaleras, pensando en que resulta triste que alguien que vive a escasos metros gaste 31 céntimos en no verte. Convenciones sociales, me digo. Eres un romántico. Saco la carta del sobre, esperando encontrar una nota de agradecimiento o algo similar.
En su lugar aparece una lista de tareas pendientes. Cumplir a rajatabla, pone en un margen. Una lista de equipajes. Una lista de ropa que ponerse cada día de la semana. Hay gente que es, a su manera, mucho más cuadriculada que yo... Más listas. Una dieta semanal. Domingo: sopa. Lunes: puré verde... jueves: nada. Una palabra resuena en mi mente. Nadie debería pasar hambre voluntariamente.
Me siento mal. Alguien, probablemente, se ha equivocado de papel... quizás por haber dejado de comer, pienso en silencio, mientras me quedo mirando la lista, pensando en qué hacer con ella. A dos calles. Pienso en devolverla por correo, sin remite y sin explicaciones, pero me parece excesivo. Ya he recuperado demasiadas pertenencias de la misma persona. A dos calles. Me encuentro presa de las mismas convenciones. Incluso 31 céntimos me parece demasiada cercanía en este momento. A dos calles. No quiero devolver esta carta. Puedo sentir la vergüenza que no me pertenece. No.
La miro despacio. Y decido guardarla, junto a las demás. Junto a aquella amistad de años, junto a aquella poesía, junto a aquella ruptura. Tu agradecimiento es una lista de tareas que me deja con demasiadas preguntas. No pasa nada. Está bien así, de verdad. Es más de lo que escribieron otras. Es más de lo que podía esperar.
Cierro el cajón. La próxima vez escribiré mi dirección de correo electrónico...