No sé en qué momento desaparecieron las ilusiones. Quizás aquella mañana de septiembre terminó y empezó todo. Sólo la esperanza de un mañana mejor es capaz de hacernos soportar un día complicado, y si tal esperanza desaparece todo cuanto nos queda se vuelve gris y absurdo. El futuro se vuelve cada día más negro y la sombra comienza a cubrir el presente.
Siento como pierdo la sonrisa, cómo me falta alguien por quien ser feliz, tener a alguien en casa esperando mi sonrisa al final del día, saber que me encontraré con alguien por quien valga la pena estar alegre.
Cómo necesito ahora abrazar a alguien, cuando lo único que puedo encontrar en mi interior me recuerda que el sentido de mi vida está cada vez más difuso. Que todos los títulos y todos los ceros de una cuenta no pueden compensar el estar lejos de tantas personas. Que lo que gano no compensa lo que he perdido.
Me siento atado a una vida que no me pertenece, que no deseo para mí. Me pregunto quién la ha elegido por mí, o si he sido yo quien, con mis estúpidas decisiones, me he ido alejando cada vez más de lo que quiero creyendo que me estoy acercando.
He pasado años pensando y planificando, y ahora por fin siento que quiero librarme de esto y largarme de una vez de aquí. Cuando veo claro mi futuro en el horizonte, siento que la vía en la que me hallo no me llevará a ese punto. Quiero escapar, pero no encuentro una solución razonable que pueda sacarme de este punto, y empiezo a pensar que puede que no la haya. Que quizás lo único que necesito es mandarlo todo a la mierda, hacer la mochila e irme lejos.
Tomo demasiadas decisiones que no me conducen a ninguna parte. Pienso, decido, valoro cuál es el mejor paso siguiente, y de momento lo único que puedo hacer es sentarme a esperar. Pero me pregunto si puedo permitírmelo ahora. Si quiero seguir sentado esperando.
Estoy harto. De aguantar a cuatro gilipollas todas las mañanas. De no poder ver a mi novia cuando me sale de las narices. De sentir que lo único que hago es quejarme y no poner una puta solución a nada. De lamentar perder la tarde sin hacer nada mientras no hago nada. De no poder ver a la gente que quiero cada puto día, o cada fin de semana. De trabajar y que tarden en pagarme. De que me cuenten problemas que no son problemas y pensar que los míos posiblemente tampoco lo son.
No estoy para nada a gusto en clase con esa pandilla de cerebritos sonriendo al profesor y riendo sus coñas sin gracia. Empiezo a odiar las tres putas asignaturas que tengo. Pienso en hacer OTRO proyecto el año que viene y me dan ganas de salir corriendo, huir lejos de esta basura, de ese edificio horrible e incómodo en el que ya he pasado más tiempo del recomendable.
Sí. Estoy triste y hasta los huevos de todo al mismo tiempo. Cada vez que paso por Madrid acabo hecho polvo, supongo que es porque en el fondo me encanta poder perderme, ver gente nueva, no ir dos veces al mismo sitio. Creo que me recuerda que no pinto nada aquí.
Hay gente más jodida que yo, lo sé de sobra. Pero la verdad es que hoy por mí se pueden ir todos al infierno.
Ahora sólo tengo que encontrar la forma de aprender a mentir. Porque pienso que cuando alguien me pregunta “qué tal” realmente le importa y le cuento que estoy mal, y definitivamente, a la mayoría se la sopla. Así que me tocará preparar una sonrisa de retrasado para partirme con las gilipolleces de los profesores y decir que todo va de puta madre a los cuatro gilis con los que hablo a diario.
Mataría por juntaros a todos en el mismo sitio cinco putos minutos y deciros que es una puta mierda estar tan lejos de todos vosotros.