7 de noviembre de 2006

Parte II. Nervios

Estaba nervioso cuando llegó a la tienda, inmersa en el bullicio del centro de la gran ciudad. Ya era mediodía y la calle estaba a rebosar de personas que se movían de un lado a otro con cara de prisa y cargadas con bolsas. Con los años, había aprendido a esquivar a todos aquellos imbéciles con cara de que su vida se irá a la mierda si pierden un sólo minuto. Tenía la teoría de que la mayoría de ellos en realidad no tiene nada que hacer, así que lo compensan ante la sociedad poniendo gesto de estar muy ocupados.

En fin, tal vez era otra gilipollez suya, pero en ese momento no le importaba mucho. De modo que dio un último vistazo a la fachada de la tienda. “TaToorture”. Muy explícito. Se encogió de hombros y empujó la puerta, que no se abrió: había que tirar de ella. “Mierda de día”, pensó mientras accedía al local.

Fotografías de cuerpos cubiertos de tatuajes y perforados hasta la nausea eran la única decoración de aquella pequeña tienda del centro. La verdad es que entrar de primeras no era la sensación más agradable del mundo... lo había sabido hace un año y medio, cuando entró de casualidad en aquella entonces desconocida tienda.

El dependiente sonrió cuando le estrechó la mano. Se trataba de un hombre obeso de unos treinta años, con la cabeza afeitada y bastante corpulento. Lucía una barba muy poco poblada. Tenía dos serpientes dibujadas en los brazos, y bajo su camiseta blanca ajustada se adivinaban más tatuajes de complicadas formas y colores vivos. Se preguntaba con cierta maldad por qué diablos era necesario decorar un cuerpo tan poco atractivo.

Tras saludarle, aquel empleado con aspecto de bonachón le miró a los ojos con gesto dubitativo y le preguntó qué deseaba

- Vengo por lo.. lo de... lo del pendiente en... en... bueno, ya sabes.

El dependiente sonrió confiado y le hizo gestos para que pasara al fondo del local, sin dar más importancia a su nerviosismo.

Iba a ser un día muy largo.

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