28 de noviembre de 2005

Parte IX. Cenizas del pasado

Ésta es la novena parte de "The Cemetery Gates". Puedes leer los capítulos anteriores más abajo en esta misma página o utilizando los enlaces de la derecha. Fecha prevista de publicación de la décima parte: 1 de diciembre.


Desperté empapado en un sudor frío... la imagen idílica del paraje me parecía ahora siniestra y amenazadora, dotada de cierta belleza inquietante... Sentía el palpitar desbocado de mi corazón, a punto de escaparse de mi pecho.. creí que moriría en aquel instante. Un escalofrío se había instalado en mi nuca y mantenía mi cuello dolorosamente atenazado...


Tras unos segundos, mi respiración se hizo más tranquila, aunque sentía que por momentos me ahogaba. Estaba horrorizado por lo que había visto en sueños, y sólo deseaba escapar de aquel lugar, sentarme y pensar sobre todo lo que estaba pasando... el giro de los acontecimientos me estaba volviendo loco. Por momentos tenía la sensación de no ser el verdadero dueño de mis pasos... todo sucedía tal velocidad que apenas era capaz de asumir mi situación... y así, corría y corría de un lado para otro, huyendo de un mal que estaba dentro de mí. Y no podía huir de mí mismo...


No me sentía con fuerzas para permanecer un segundo más allí... pero tampoco quería volver a mi camino hacia ninguna parte y dejar una montaña de cadáveres de inocentes a mi paso... reparé en la senda que se adentraba en el bosque. Aquella vereda casi oculta por la maleza no me era ajena... Miré a mi alrededor... era como si aquel jardín abandonado me conociera profundamente... me sentí observado y vulnerable... los enormes árboles, las flores que brotaban aun asfixiadas por las malas hierbas... todo me era siniestramente cercano. Como un espejo de cristal negro, todo rastro de vida de aquel lugar reflejaba la oscuridad de mi interior.


Encaré el sendero que se adentraba en una masa boscosa... un viento frío procedía del linde del bosque y me atravesaba hasta los huesos. Con aciago presagio me adentré en la oscuridad del estrecho camino... Caminé durante unos minutos flanqueado por enormes árboles que se inclinaban hacia mí amenazadoramente... El miedo oprimía mi corazón y cada ruido me obligaba a volverme, preso de un gran desasosiego.


Me daba la impresión de que poco a poco el sendero se abría... poco a poco la oscura masa de árboles iba cediendo ante los escasos rayos de sol que alcanzaban el suelo. Tras ascender un pequeño repecho, alcancé el lindero opuesto... Ante mí se alzaba una vieja mansión. Constaba de tres plantas salpicadas de diminutas ventanas con marcos de madera carcomida, coronadas con un tejado de teja roja derruido en la parte posterior. El aspecto general era de abandono.


Comencé a caminar hacia la puerta de la residencia, que permanecía entreabierta. Al empujarla se abrió con un agudo quejido dejando ver tras de sí el recibidor. Recorrí en silencio la planta baja. Mis pisadas crujían en el suelo de madera polvorienta. Los muebles estaban desordenados, volcados o destartalados, víctimas sin duda del saqueo. Aparentemente no quedaba nada de valor. Crucé el oscuro pasillo hasta llegar a unas deterioradas escaleras. Subí a la planta superior no sin dificultad... los frágiles escalones protestaban mi presencia.


La imagen que poco a poco se abría ante mis ojos era desoladora. Las paredes estaban ennegrecidas y el suelo había quedado reducido a cenizas grises. El techo estaba parcialmente quemado, y algunas vigas desnudas daban fúnebre testimonio del cuerpo que en otro tiempo sustentaron. Los ventanales estaban rotos y su madera resquebrajada. Una lágrima se deslizó por mi carne carbonizada cuando comprendí que aquel lugar había sido mi tumba.


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20 de noviembre de 2005

Parte VIII. Condenado a vivir

Ésta es la octava parte de "The Cemetery Gates". Puedes leer los capítulos anteriores más abajo en esta misma página o utilizando los enlaces de la derecha. Fecha prevista de publicación de la novena parte: 25 de noviembre. Actualización: se postpone la novena parte hasta el 28 de noviembre.


Aquella mañana abrí los ojos con esfuerzo... estaba amaneciendo, y los rayos del sol se filtraban entre las hojas de los árboles hasta acariciar mi cara. Me sentía entumecido, y tardé un rato en sentir mi cuerpo y en comenzar a moverme. No sabía dónde estaba y me costaba recordar la noche anterior.


Me incorporé lentamente. Me encontraba en lo que un día fue un enorme jardín, al margen de un viejo camino de grava. Me froté los ojos varias veces, y me manché la cara al hacerlo. Cuando reparé en mis manos llenas de sangre los recuerdos de la noche volvieron y cayeron sobre mí con la fuerza del relámpago más estremecedor... No me sentía con fuerzas para gritar, o seguir huyendo. El cansancio se apoderaba de mí. Me acerqué a la carretera con aire derrotado... no parecía el mismo sitio donde había dejado que la vida de esa joven se extinguiera en las garras de mi instinto... ni siquiera parecía la misma carretera. Un vistazo me confirmó que me encontraba en algún lugar ajeno a ese recuerdo.


El camino tomaba ahora cierta pendiente. Se perdía en una loma, a cierta distancia. Al fondo parecía abrirse un valle en cuya hondonada se apreciaban diminutas casas de tejados rojos, mal alineadas, como dispuestas por una mano caprichosa. Me senté en la cuneta tratando de recomponerme... odiaba esa pérdida de memoria, esa desorientación continua... me sentía sumergido en una incertidumbre permanente.


Temí que otro transeúnte se cruzara en mi camino, y pude prever un fatal desenlace si esto sucedía, de modo que me volví a poner en pie y me adentré en el viejo terreno. Tras alejarme lo suficiente de la senda me senté pesadamente a la sombra de un gran árbol. La capucha me cubría la cara y eso me daba cierta seguridad, pero no deseaba, por nada del mundo, que mis manos acabaran con otra vida inocente.


Sentado junto a aquel enorme sauce por primera vez sentí verdadera paz. Miré a mi alrededor y contemplé la belleza siniestra del jardín abandonado. Un día había debido de ser magnífico, pero hoy sólo quedaba maleza asfixiando las pocas flores que sobrevivían. Una fila de enormes sauces lo aislaban de la carretera. Al fondo parecía distinguirse un sendero, casi comido por la vegetación. Los pájaros volaban veloces en aquel paraíso salvaje, y su etérea coreografía me tranquilizó. Por momentos sentía los párpados pesados, y acabé cediendo a esa sensación de calma embriagadora que todo lo envolvía...


Pero mi sueño no fue tranquilo... Los fantasmas del pasado parecían volver... El despertar en el cementerio, la mirada de horror del fraile... la joven agonizando mientras comenzaba a devorarla viva... su rostro horrorizado y sus lágrimas de terror resbalando por su cara... el grito desgarrado de su voz rompiéndose en mil pedazos en sus últimos segundos... y la imagen de aquel desconocido entrando en mi habitación y perdiéndola fuego tras apuñalarme. Y su cara... Las lágrimas claras de Sus verdes ojos... sus cabellos rubios, movidos por el viento frío de una mañana de luto... Sí... ella lo era todo para mí...


Sus ojos... verdes, intensos, húmedos. La visión de su cara se comenzó a borrar y su cálida mirada se transformó en un instante en el mismo rostro del mal. Ya no era ella, sino un anciano de mirada dura y fría, larguísima barba, ataviado con una túnica color fuego como sus pupilas. Estaba frente a un hombre de corta edad, de largo pelo negro y piel clara... aquel era yo. Me vi arrodillarme a sus pies, y derramar mi sangre sellando mi lealtad en una siniestra ceremonia de vasallaje. Las lágrimas brotaban de mis ojos en sueño y realidad...


El anciano se volvió hacia mí, como si pudiera verme en mi sueño. Se acercó y me miró a los ojos. Pude sentir el Mal en el fulgor de su mirada.


«Mírate... el miedo se ha apoderado de todos los rincones de tu alma... Fuiste muy afortunado en vida, sí... pero un día todo eso se terminó, consumido por las llamas y el odio de los hombres. Entonces viniste a mí, en busca de respuestas. La respuesta es que no hay Respuesta. Vuestra vida es un problema sin otra solución que negar el problema. Sólo se diluye el permanente interrogante de la existencia cuando ésta termina... ¿no es irónico? ¿quién necesita un significado para la vida cuando está muerto?»


»Tú viniste a mí, con tus ojos bañados en lágrimas. No soportabas haber dejado este mundo sin poder despedirte de ella, lo que más amaste... no pudiste decirle una vez más que la querías más que a tu vida. Tampoco pudiste demostrárselo, porque alguien te odiaba, y ese alguien se encargó de que tu blanca piel quedara carbonizada para siempre.»


»Pude ver cómo luchaban el amor y el odio en tu corazón, en el corto instante de tiempo en que fuiste consciente de que ibas a morir... Ella fue tu último pensamiento, y tu único deseo fue que viviera por ti. Entonces viniste a mí... Querías volver.»


»Tu necesitaste. Yo concedí. Y de la misma forma que llegaste, volviste a tu sepultura para salir de ella y vivir tu segunda oportunidad, convertido en mi siervo... Tú me vendiste tu alma a cambio de lo que en ese momento anhelabas más que nada... ella. Te convertiste en siervo del Mal por amor. Pero ya habrás comprobado que no es tan fácil... el mal habita dentro de ti, forma parte de tu alma como la inocencia en la de un recién nacido... no puedes luchar contra él.»


»Adelante... vive tu segunda oportunidad. Pronto comprenderás que estás condenado a elegir... Puedes terminar lo que no lograste en vida, mientras siembras el mal donde quiera que vayas... Claro que también puedes renunciar, y consumirte en el infierno, para liberar a los hombres del odio que llevas dentro
... ¿Qué es más importante para tí? La decisión es tuya. Yo ya he cumplido mi parte del trato...»

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16 de noviembre de 2005

Parte VII. Crepúsculo sangriento

Ésta es la séptima parte de "The Cemetery Gates". Puedes leer los capítulos anteriores más abajo en esta misma página o utilizando los enlaces de la derecha. Fecha prevista de publicación de la octava parte: 21 de noviembre


A Eliana.

El fraile tiró del portón de madera pesadamente y salió al exterior... le pude ver elevar los brazos al cielo antes de que un fuerte resplandor ahogara su silueta... Reaccioné rápidamente. Me levanté y caminé hasta la puerta de la sacristía, que permanecía entreabierta junto al altar mayor. Salí por ella. Me encontraba ahora en una pequeña estancia. No me detuve a contemplarla, al fondo había un portón de madera oscura hacia el cual me dirigí. Corrí el cerrojo de hierro forjado y empujé con fuerza.

La luz del exterior me hizo daño en mis ojos, acostumbrados a la oscuridad... Tras unos segundos pude ver cómo se extendía frente a mí el huerto del monasterio... un camino salía del umbral donde me encontraba, y llegaba hasta lo que parecía ser la verja de entrada al recinto. Agaché la cabeza y la escondí en las sombras de la capucha negra del hábito... me puse en camino dispuesto a salir de aquel sitio...

Cuando llegué al final del camino y tras abrir la vieja puerta de hierro, miré atrás. El majestuoso edificio parcía ajeno a todo lo sucedido... Mentalmente me despedí de aquel lugar y del fraile que a pesar de haber muerto a mis manos, supo ayudarme a recordar parte de mi vida. El recordar lo que había hecho y la imagen horrible del corazón del anciano en mi mano me estremeció... me asustaba la fuerza de ese instinto implacable que parecía poseerme.

Sobre el verde campo moría la tarde... el cielo se había vestido con un manto rojo que todo lo cubría... el sol descendía poco a poco hacia el horizonte, con una fuerza que quemaba los ojos... Había debido de permanecer en el monasterio mucho más tiempo del que pensaba... Me incorporé de nuevo a la vieja carretera por la que había llegado aquella mañana confusa y me puse en camino hacia ninguna parte.

Una lágrima se deslizó por mis mejillas de piel gruesa y carbonizada cuando dejaba atrás el monasterio, ya en penumbra... comencé a caminar por la senda en dirección a los últimos rayos del sol. Un silencio espeso y agobiante reinaba.

Comencé a oir el sonido de unos pasos, cada vez más próximos... alguien se acercaba. Agaché aún más la cabeza buscando el refugio de mi capucha... Una luz apareció al final del camino. Tras unos instantes, pude distinguir una silueta portando un farolillo de gasolina... parecía haberme visto, pero siguió caminando...

Nos íbamos aproximando poco a poco... era una mujer joven que caminaba apresuramente. Llevaba un largo bastón del que se ayudaba para caminar, y una bolsa de tela colgada del hombro. Justo pasaba a mi lado observándome con extrañeza cuando levanté la cabeza y le miré fijamente. Mi piel negra, carbonizada, y mis ojos rojos como la sangre fueron lo último que vió.


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13 de noviembre de 2005

Parte VI. Luz oscura

Ésta es la sexta parte de "The Cemetery Gates". Puedes leer los capítulos anteriores más abajo en esta misma página o utilizando los enlaces de la derecha. La séptima parte ya está escrita y aparecerá próximamente.

A Suka.


Otro fogonazo me devolvió a la iglesia del monasterio. El fraile había vuelto a sentarse a mi lado, y me miraba con una mezcla de lástima y preocupación. «Tu fuiste todo para ella, del mismo modo que ella lo fue todo para ti. Eso te destruyó»

«Él se alimenta de nuestros temores, nuestras dudas, nuestras debilidades... Ella era tu gran debilidad... sí... no te culpo, es una mujer muy bella» El fraile me miraba con cierta ternura paternal, pero volvió a mirar al frente... su voz resonaba grave en el templo. «Tendrás que recordar quién eras tú, y quién era ella... sólo de esa forma sabrás qué eres ahora y qué debes hacer. Yo no puedo ayudarte más» Mientras decía esto, le observaba inquieto... tenía muchas preguntas torturando mi mente... «¿Por qué? ¿Por qué me has ayudado? ¡Yo te maté de una forma horrible! ¡Dime por qué!...» Sentía que la cabeza me iba a estallar.

«Dios y Satanás juegan a su perverso juego mientras nosotros tratamos de llenar nuestras vidas... matamos el tiempo y así esperamos a que el tiempo nos mate a nosotros. Mi vida estaba condenada de antemano, tarde o temprano mi aliento se extinguiría entre los suspiros del dolor de mi agonía. Tú truncaste mi existencia, pero a decir verdad sólo adelantaste lo que de una u otra forma habría acabado por suceder...»

«Mírame... soy viejo y torpe... mi pelo es blanco como la nieve de un invierno que había llegado para mí, y a cuyo viento gélido no habría podido escapar... Hacía ya sesenta años que no salía de este monasterio perdido en esta verde cordillera. He consagrado toda mi vida a Él, al Supremo Hacedor, a quien representa el Bien... cada acto de mi larga existencia ha sido meditado y puesto a su servicio, y, del mismo modo perdí perdón por cada segundo de mi vida que se apartó de la complicada senda que él ha trazado.»

«Apareciste tú y acabaste con mi vida cuando ya tocaba a su final... pero hasta mi muerte podía ser utilizada en contra del diablo... Tú... Tú eres su siervo, su creación... acogerte sediento de verdad y darte de beber es otra victoria de mi Señor en la dura batalla del equilibrio del Universo. El amor fraternal que por tí siento compensa el odio instintivo que te hizo acabar con mi vida, y esa es la victoria más preciosa sobre Satanás que nadie pueda imaginar...»


«No todo acaba aquí... hay alguien más, alguien a quien quizás conozcas al final de este duro camino que comienzas. Él está por encima del Bien y del Mal, él me puso en tu camino, y no es posible para nosotros abstraernos a su designio... Para él lo importante en realidad eres tú... yo soy una mera herramienta en sus planes... estoy aquí, a tu lado, porque fui necesario. Mi pasado y mi futuro pasan por tí...»

El anciano fraile se puso en pie, salió de la fila de bancos y comenzó a caminar muy despacio en dirección a la puerta del fondo de la nave. Yo le seguía con la mirada... Cuando llegó al final, se dió la vuelta, y mirándome a los ojos dijo con una voz suave: «Nuestros caminos se separan aquí... no puedo decir precisamente que haya sido un placer conocerte, pero no me ha importado... Mi trabajo aquí ha terminado... Ahora debes escapar de aquí, no tardarán en descubrir mi cuerpo y eso te metería en más problemas. Si quieres salir sin ser visto, puedes usar la puerta de la sacristía... ¡Ahora vete! ¡Vete he dicho!»

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4 de noviembre de 2005

Parte V. Lágrimas de fuego

Ésta es la quinta parte de "The Cemetery Gates". Puedes leer los capítulos anteriores más abajo en esta misma página o utilizando los enlaces de la derecha.


A Olga.

Permanecía atónito mirando al viejo fraile... hacía apenas unos minutos le había visto morir a mis pies, y ahora estaba allí, a mi lado, con una sonrisa burlona en los labios, mirando al frente con serenidad. Me sentía atenazado por la presencia tranquila pero severa del anciano. Sin volver la cabeza comenzó a hablar en un tono sosegado y sostenido. Su voz ronca y cansada resonaba en la pequeña iglesia.


«El mal existe. Ha existido siempre, y del mismo modo existirá hasta que el último humano exhale su aliento postrero. No hay razón para negarlo, sólo podemos admitirlo... es parte de la fragilidad de nuestra existencia, un siniestro acompañante cuya presencia se pierde en la oscura noche de los tiempos.


»Mírales a ellos, todos aquellos con los que compartiste tu vida, todos aquellos que amaste... viven despreocupados, inmersos en la dura espiral de su rutina, ajenos por completo a la dura batalla que se libra sobre sus cabezas. Piensan que están aquí por algún tipo de extraña casualidad, que nada de lo que hacen trascenderá... y así viven sus vidas, sin sueños ni esperanzas. Pensando sólo en su existencia, marginaron la esencia que los hizo personas, sólo porque no pueden explicarla con la ciencia que ellos mismos se inventaron.


»Sin embargo, cada segundo de sus vidas es un movimiento más de una partida de ajedrez. Una partida que empezó hace ya miles de años. Todo en el mundo es una batalla, un equilibro de fuerzas opuestas, capaces de compensarse. Nuestras vidas no son ajenas a esa lucha... El bien y el mal se disputan nuestro siguiente paso con una codicia inconcebible para nosotros.


»Sí... el mal existe... claro que existe. Y su mayor éxito es precisamente el de hacernos ajenos a su existencia. Pero esta ahí, pendiente de nuestras decisiones... Esperando el momento para someternos a sus designios y convertirnos en sus siervos.


»Ahora dudas... no recuerdas quién fuiste, pues él te lo ha robado todo, él te engañó, como engañó a muchos... no eres capaz de recordar nada, para tí todo empezó esta fatídica madrugada. En realidad, esta madrugada ha terminado todo. Él te ha destruído. Pero voy a ayudarte.»


El fraile quedó sumido en un profundo silencio, sólo rasgado por su respiración cansada. ¿A quién se había referido? ¿Quién era “él”...? Las preguntas me consumían, pero no podía mover los labios... me sentía agotado. El anciano se volvió hacia mí. Sus ojos brillaron bajo la capucha blanca de su hábito y levantándose despacio, subió al altar. Alzó sus manos y comenzó a recitar un extraño poema en latín... Una luz apareció tras él y comenzó a hacerse más y más fuerte, hasta cegarme por completo.


Ahora me encontraba en una habitación que me resultaba familiar. Era de noche, y en la cama de matrimonio dormía apaciblemente un joven de largos cabellos negros. Pude escuchar al fraile diciendo en mi cabeza «Ese eres tú» En ese momento abrió la puerta de la vivienda. Alguien había entrado. Se oyeron unos pasos y a los pocos segundos, un hombre se asomó a la habitación empuñando una cuchillo. No podía verme. Se acercó a la cama, y apuñaló diez veces en el tórax a quien en ella dormía. Se guardó el arma ensangrentada, y corrió a la cocina. Volvió con un pequeño brasero, con el que prendió fuego en segundos a la cama y las cortinas... tras ello, abandonó la vivienda sin mirar atrás. La habitación se convirtió rápidamente en un infierno de llamas y humo.


Antes de que fuera consciente de lo que acababa de ver, otro nuevo fogonazo me cegó. Cuando pude volver a abrir los ojos estaba en pie, sobre una alfombra de hierba verde. Miré rápidamente a mi alrededor. Una multitud de tumbas grises me dijeron que me encontraba en un cementerio. Era una mañana tranquila y luminosa. El sol se filtraba por las hojas de los numerosos árboles del camposanto, y el rocío humedecía la tierra y el aire. Comencé a caminar hacia un grupo de personas reunidas en torno a una fosa, junto a la cual esperaba un ataúd de nogal negro. Me acerqué nervioso. Me estremecí al reconocer la lápida junto a la cual había despertado esa mañana... volvía a sentir ese nudo de nerviosismo atenazando mi garganta. El silencio era insoportable, sólo rasgado por un sollozo...


Una bella mujer vestida de negro lloraba desconsoladamente. Un oscuro velo cubría sus rubios cabellos y sus ojos vidriosos permanecían mirando la tierra. Su cara era preciosa como el día, pero su corazón parecía envuelto en tinieblas. Las lágrimas brotaban de sus ojos verdes haciéndolos brillar, y se deslizaban por sus mejillas para perderse en el abismo de su boca... Era ella.


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1 de noviembre de 2005

Parte IV. Blanco y negro

Ésta es la cuarta parte de "The Cemetery Gates". Puedes leer los capítulos anteriores más abajo en esta misma página o utilizando los enlaces de la derecha.


Acababa de ver agonizar a un viejo indefenso a mis pies. Contemplé la escena durante unos segundos, con la mirada ausente... pensé que la situación podía complicarse si alguien me descubría, así que me puse su hábito rápidamente. La capucha raída ocultaba mi rostro en el abrigo de su oscuridad... arrastré el cadáver dentro de una celda, y marchando a un paso forzadamente lento, emprendí el camino que nunca pudo terminar el fraile. Sólo un charco de sangre fresca recordaba el terrible crimen que acababa de consumarse en aquel lugar.

El oscuro pasadizo parecía no tener fin. Tras unos minutos llegué a una puerta de madera vieja que permanecía entreabierta. Me asomé con cuidado, y al no distinguir nada sospechoso, la crucé con cuidado de que su chirrido no me delatara. Me encontraba ahora en el claustro del monasterio. Ante mí podía ver un pequeño y sencillo parque de forma cuadrada, abrazado por un corredor. Cada tres pasos, una gruesa columna de piedra se erguía, sustentando el techo de madera carcomida. Comencé a deambular en silencio por aquel misterioso lugar.

Me sorprendió el caminar lejano de un centenar de personas. La misa debía de haber terminado... lo había olvidado por completo. Instintivamente me oculté tras una de las columnas. Frente a mi posición se abrió una puerta, y una hilera interminable de frailes comenzó a desfilar atravesando el jardín, de un extremo a otro del claustro. Parecían sumidos en una profunda meditación y caminaban con los ojos cerrados, por lo que me tranquilicé... no parecía que pudieran detectarme. En la cabeza de la silenciosa procesión, el que parecía ser el prior, portaba una gran cruz dorada. Dos frailes más le flanqueaban acarreando sendos libros. De la misma forma en que habían llegado fueron saliendo por otra puerta, todo era un silencio sólo roto por el ruido de sus pies desnudos al chocar contra el camino de piedra. Cuando hubieron desaparecido, se cerró el portón a sus espaldas.

Tras un tiempo que estimé prudente, salí de mi precario escondite y me dirigí a la puerta de la estancia que habían abandonado los frailes. La pesada puerta de hierro se abrió con un quejido, dejándo ver tras de sí la iglesia del monasterio. No era muy grande ni ostentosa, pero lo cierto es que la construcción era verdaderamente bella en su sencillez. Unos sobrios y largos bancos de madera envejecida recorrían a lo ancho toda la nave... Parecían llevar allí muchos siglos... tal vez fuera así.

Me dirigí hacia el altar mayor con tímidos pasos... al llegar a la primera fila de bancos me detuve y me senté. El sol estaba en todo lo alto y se filtraba por las escasas ventanas de la construcción. Por primera vez, sentí que podía respirar tranquilo. Había llegado allí en una frenética huída hacia ninguna parte salpicada de sangre inocente... Me sentí verdaderamente agotado. Pensé en el fraile, que apenas tuvo tiempo de ser consciente del horror de sus últimos momentos. Vino a mí la imagen de su corazón, escupiendo sangre en mi puño; del horror en sus ojos cansados al observar su propio corazón unos segundos antes de morir. Me pude ver devorándolo como una horrible bestia diabólica... No me reconocía en aquel momento... podía mirarme desde lo alto, en el pasillo, clavando mis manos en su tórax y buscando su corazón, era puro instinto, una orgía de maldad y violencia. Estaba asustado de mí mismo, del mal que llevaba dentro, y de la misteriosa fuerza que lo hacía brotar de esa forma.

Me llevé la cabeza entre las manos, y un llanto aterrorizado salió de mis ojos vidriosos. Una mano se posó sobre mi hombro sobresantándome. Volví la cabeza con un nudo oprimiendo mi garganta hasta dejarme sin respirar... Tras de mí, se erguía la figura intrigante de un fraile de hábito inmaculadamente blanco. El extraño personaje se quitó la capucha despacio... al momento reconocí sus ojos grises, su mirada cansada y su pelo cano... y su horrible herida en la frente. El nudo de mi garganta devino en un grito lleno de miedo y angustia. El anciano volvió a ponerse la capucha y moviéndose tranquilo, se sentó a mi lado. «Ni se te ocurra volver a matarme» dijo, y sus ojos brillaron en las sombras.


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