23 de diciembre de 2005

Epílogo

Ésta es la última entrega de "The Cemetery Gates". Puedes leer los capítulos anteriores más abajo en esta misma página o utilizando los enlaces de la derecha.


«Su alarido rasgó la pesadilla y la atravesó, hasta hacerse realidad.» Pensé que aquel punto significaba mucho para él y muy poco para mí. Levanté la vista cansada de la pantalla del ordenador... el cursor parpadeaba exigiéndome que continuara... Pensé que otro café me sería de cierta ayuda.


Vivía completamente solo en aquella casa oscura... No añoraba la compañía de nadie. El sentirme solitario me volvía en cierto modo más sensible a lo que acontecía a mi alrededor. La noche anterior habían vuelto las pesadillas... me había despertado varias veces empapado en un sudor gélido. Un escalofrío que no quería abandonarme atenazaba mi cuello...


Por eso no quería acostarme. Me aterrorizaban los monstruos de mis pesadillas. Los que me hacían gritar y los que hacían llorar. Me veía corriendo entre lápidas, en un oscuro cementerio... de repente, tropezaba y daba con la cara en la tierra... Al levantar la cabeza, veía ante mis ojos una lápida de mármol negro con mi nombre. El grito desgarrado que atravesaba entonces mi garganta atravesaba la pesadilla y me retornaba a la realidad. Y me encontraba a mí mismo aterrorizado, escrutando nervioso la oscuridad. Lágrimas en los ojos.


A pesar de ello, aquella noche podía sentir cómo el sueño me iba venciendo poco a poco... mis párpados caían y sentía que no podría permanecer despierto mucho tiempo. Decidí desistir del café, apagué el ordenador y me acosté. Tarde mucho en dormirme.


«Así que tú eres Él. Aquel de quien me habló el fraile... a quien conocería tal vez al final del camino... Eres tú quien está por encima del Bien y del Mal, de cuyo designio no es posible abstraerse... Tú, todopoderoso maestro de marionetas. Tu crueldad no conoce más límite que el de tu propia avaricia.»


»No... el viejo fraile no era nada para ti. Tampoco aquella chica inocente con cuya sangre manché -manchaste- mis manos. Tampoco era importante Ella, porque ni siquiera existe. ¿Qué soy yo? No soy más real que ellos... todos somos absurdos muñecos, burdos instrumentos de tu mano cruel. Todo mi mundo... cada piedra en mi camino, cada inocente muerto a mis manos... nada es casual, todo ha sido dispuesto por tí de antemano. No existe el azar.»


»Cada noche esperas temeroso el momento de dormirte porque te aterrorizan mis propios pensamientos. Te asustas de matar en sueños, no quieres que salga ese monstruo que llevas dentro. Por eso existo yo... por eso me creaste... el único sentido de mi vida es custodiar tus temores. Te sientes más seguro si tienes tu propia criatura en el limbo de las pesadillas... Puedes dormir porque percibes que todo lo horrible de tu imaginación vela junto a tu lecho protegiéndote de ti...»


»Todo es un instrumento macabro tejido con desdén por las formas caprichosas de la tinta. Siéntete orgulloso en el punto final, escritor miserable... De la misma forma que tu grito te despierta de la pesadilla, mi dolor rasgó el fino velo que me separaba de ti. He venido para acabar conmigo acabando antes contigo. No estás soñando. Hoy no. Hoy soy quien escribe.»


Me desperté sobresaltado. Le había visto. Intenté incorporarme, pero no podía moverme. Mi esperanza se rompió cuando comprendí la realidad de mi pesadilla.


En este lugar apartado, mis gritos de terror no se oyen, los golpes sordos de mis puños no llegan a los oídos de nadie... No hay esperanza para mí. Comienzo a morderme con furia las venas de mis antebrazos. Gritos de dolor escapan de mi boca sangrienta. Mis lágrimas de terror resbalan por mi cara sudorosa. Sangre, sudor, lágrimas. El suicidio es lo único que me queda... no soporto la idea de morir enterrado vivo.


Mi último pensamiento es para ella. No creo que pueda resistir la tentación de vender mi alma a cambio de volver a besar sus labios...


FIN


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20 de diciembre de 2005

Parte XII. Él

Ésta es la duodécima parte de "The Cemetery Gates". Puedes leer los capítulos anteriores más abajo en esta misma página o utilizando los enlaces de la derecha. La última parte será publicada antes del fin de semana. Aunque lo parezca, la historia no ha terminado.


Al reverso del poema había una carta escrita. Comenzó a leerla con los ojos empañados en lágrimas...


«Allí donde estés...


¿Por qué? ¿Por qué te arrebataron de mis brazos? No pasa una noche sin que esa pregunta resuene en la negra soledad en que has dejado sumida nuestra casa. Mi llanto resuena el los corredores oscuros, mis gritos de dolor se ahogan en escaleras vacías. El rugir del mar a lo lejos me despierta cada noche y mis lágrimas se unen a su inmensidad en un río que no termina.


Aquella madrugada volví tarde a casa. Esperaba encontrarte como siempre, leyendo en el recibidor... Recuerdo el olor a madera quemada, el humo... mis lágrimas al ver nuestra casa en llamas... El dolor, como un cuchillo clavándose en mi corazón al ver tu piel calcinada. Tanto dolor, tanta rabia... todo en nombre de la locura...


Los días amanecen con la maldición de mi cama vacía. Discurren anodinos mientras vago por el jardín sin esperanzas de encontrarte. Terminan en mi lecho de llanto, envueltos en pena y lágrimas... Hoy he decidido que mi vida así no tiene sentido. A medianoche caminaré hacia los acantilados y desde allí arrojaré mi cuerpo. Es lo único que queda de mí. Mente y corazón murieron contigo. Espero verte allí donde estés. Te quiero.»


Había terminado de leer aquella carta terrible... su corazón se rompió llevándose sus esperanzas. En ese momento comprendió lo absurdo de su sacrificio: su alma viva por ver a quien ya yacía en tierra.


«Sabía que vendrías»


Se giró sobresaltado. Era su voz... Ella estaba allí, mirándole, reluciendo más que nunca. Lentamente caminó hacia ella... sus ojos brillaban con fuerza... sus labios se fueron aproximando con timidez... Justo empezaban a rozarse cuando un fuerte fogonazo le cegó por completo... Ella había desaparecido.


Hincado de rodillas en el suelo, sólo pudo gritar. Su alarido rasgó la pesadilla y la atravesó, hasta hacerse realidad.




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15 de diciembre de 2005

Parte XI. Ella

Ésta es la undécima parte de "The Cemetery Gates". Puedes leer los capítulos anteriores más abajo en esta misma página o utilizando los enlaces de la derecha. Aun quedan dos entregas que serán publicadas en unos días.


Aquella mañana se despertó sola. Habían pasado unos días desde aquella noche horrible que ya nunca le abandonaría. Miró a la derecha de la cama. No había nadie. Se levantó sin ganas y abrió la ventana. El aire penetraba con furia y jugaba sin orden entre sus largos cabellos rubios. El frío de la mañana heló las lágrimas de sus mejillas. Qué triste es llorar en sueños...


El día transcurría lento y pesado. No brillaba el sol... en su lugar, un manto eterno de nubes grises cubría todo cuanto podía ver. Un hilo de fragancias de primavera se levantaba del jardín y vestía la mañana, pero para ella todo estaba desnudo y descolorido. Bebió un café amargo con una mueca de asco y, cabizbaja, se dirigió a la planta superior.


Allí todo era desolación. Suponía que esa misma tarde vendrían a arreglar los destrozos del incendio... Sólo una habitación de aquel piso había permanecido intacta: la sala de estudio. Allí había compartido con él, durante muchas tardes de invierno, el placer común de la escritura. Sobre el escritorio, un poema que ella misma había escrito la noche anterior... Lo contempló con tristeza y leyó en voz alta su última estrofa...


«No sé por qué...
mi anhelo deviene espejismo
al rozar tus labios muertos»


No habían estado casados nunca, pero habían compartido demasiadas cosas... Sentía ahora su recuerdo como agua de desierto. Creía verle en el jardín y corría hacia él. Por supuesto, nunca estaba. Su deseo se desvanecía como un espejismo, y cada minuto se sentía más sedienta y más triste. La boca seca y el corazón marchito.


Cada instante de su vida se había sumergido en lágrimas y en una pena que no conocía el consuelo. Por cada gota que resbalaba por su mejilla había una espezanza destrozada por la barbarie de los hombres.


Nunca pudo imaginar que a alguien pudiera afectarle tanto aquella novela maldita... La misma que él la había escrito sólo unos meses antes de morir... una historia sobre pesadillas que se hacían realidad... Fantasmas de la mente que una noche cobraban vida, convertidos en los más terribles monstruos. Su lectura era ciertamente estremecedora, pero no concebía que a nadie pudiera obsesionarle un libro hasta la locura... Aquella madrugada un perturbado decidió acabar con el autor de la obra que poseía sus miedos más profundos.


Desde entonces todo era gris... Sólo preguntas sin respuesta, sólo soledades. Y así transcurrió aquel día gris. A media mañana el cielo se tornó negro y comenzó a llover hasta hacerse casi de noche. A través de las ventanas iluminadas se veía su silueta esbelta envuelta en negro. Decidió subir al escritorio. Allí tomó la poesía que anteriormente había compuesto... volvió la hoja y comenzó a escribir por la otra cara...


Él...


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1 de diciembre de 2005

Parte X. Desierto de lágrimas

Ésta es la décima parte de "The Cemetery Gates". Puedes leer los capítulos anteriores más abajo en esta misma página o utilizando los enlaces de la derecha. El final se acerca...


Caminé entre los restos calcinados de lo que había sido mi hogar... por fín comprendía la misteriosa familiaridad que todo aquello irradiaba... Al final del pasillo unos rayos de luz se colaban por uno de los ventanales. Me aproximé y descubrí lo que debía de ser la única habitación que se había salvado parcialmente del fuego...


Junto a la única ventana intacta del edificio había un escritorio de madera oscura, estropeada por el calor. Había una vieja silla frente a la mesa y algunas estanterías vacías en los flancos de la mesa. Marcos abrasados sustentaban dramáticos restos de pinturas desfiguradas.


Me acerqué lentamente... comenzaba a recordar momentos, imágenes asociadas a aquella habitación... Unos papeles sobre el pupitre llamaron mi atención...


«Esperando...
la noche que nunca llega.
Sólo el fuego negro de tus ojos
sólo tus palabras muriendo...
estrellas fugaces en mi alma.

Contando...
granos de arena
del desierto de mi vida
mi anhelo deviene espejismo
al rozar mis labios secos.

Corriendo...
ávida hacia tí, vana esperanza...
el agua se evapora en mi boca
y deja mi alma sedienta.

Bebiendo...
agua del espejismo de tu voz
¿por qué te desvaneces?
dejas más sed en mis labios
y mi corazón más roto...

No sé por qué...
mi anhelo deviene espejismo
al rozar tus labios muertos.»


Ella...


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