15 de diciembre de 2005

Parte XI. Ella

Ésta es la undécima parte de "The Cemetery Gates". Puedes leer los capítulos anteriores más abajo en esta misma página o utilizando los enlaces de la derecha. Aun quedan dos entregas que serán publicadas en unos días.


Aquella mañana se despertó sola. Habían pasado unos días desde aquella noche horrible que ya nunca le abandonaría. Miró a la derecha de la cama. No había nadie. Se levantó sin ganas y abrió la ventana. El aire penetraba con furia y jugaba sin orden entre sus largos cabellos rubios. El frío de la mañana heló las lágrimas de sus mejillas. Qué triste es llorar en sueños...


El día transcurría lento y pesado. No brillaba el sol... en su lugar, un manto eterno de nubes grises cubría todo cuanto podía ver. Un hilo de fragancias de primavera se levantaba del jardín y vestía la mañana, pero para ella todo estaba desnudo y descolorido. Bebió un café amargo con una mueca de asco y, cabizbaja, se dirigió a la planta superior.


Allí todo era desolación. Suponía que esa misma tarde vendrían a arreglar los destrozos del incendio... Sólo una habitación de aquel piso había permanecido intacta: la sala de estudio. Allí había compartido con él, durante muchas tardes de invierno, el placer común de la escritura. Sobre el escritorio, un poema que ella misma había escrito la noche anterior... Lo contempló con tristeza y leyó en voz alta su última estrofa...


«No sé por qué...
mi anhelo deviene espejismo
al rozar tus labios muertos»


No habían estado casados nunca, pero habían compartido demasiadas cosas... Sentía ahora su recuerdo como agua de desierto. Creía verle en el jardín y corría hacia él. Por supuesto, nunca estaba. Su deseo se desvanecía como un espejismo, y cada minuto se sentía más sedienta y más triste. La boca seca y el corazón marchito.


Cada instante de su vida se había sumergido en lágrimas y en una pena que no conocía el consuelo. Por cada gota que resbalaba por su mejilla había una espezanza destrozada por la barbarie de los hombres.


Nunca pudo imaginar que a alguien pudiera afectarle tanto aquella novela maldita... La misma que él la había escrito sólo unos meses antes de morir... una historia sobre pesadillas que se hacían realidad... Fantasmas de la mente que una noche cobraban vida, convertidos en los más terribles monstruos. Su lectura era ciertamente estremecedora, pero no concebía que a nadie pudiera obsesionarle un libro hasta la locura... Aquella madrugada un perturbado decidió acabar con el autor de la obra que poseía sus miedos más profundos.


Desde entonces todo era gris... Sólo preguntas sin respuesta, sólo soledades. Y así transcurrió aquel día gris. A media mañana el cielo se tornó negro y comenzó a llover hasta hacerse casi de noche. A través de las ventanas iluminadas se veía su silueta esbelta envuelta en negro. Decidió subir al escritorio. Allí tomó la poesía que anteriormente había compuesto... volvió la hoja y comenzó a escribir por la otra cara...


Él...


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