Esta noche quiero escribir. Para matar el tiempo y no sentir que siento que todo me sienta mal, cuando me siento en una mesa con una copa entre las manos. Para matar la espera vacua que me separa de su voz, que me separa del sueño que me separe de este día de sentimientos separados, de alcoholes que se separan en el vaso mientras me siento a esperar que me separen del día. Igual que tu voz...
Escribo esperando volver a sentir ese llanto ahogado que se asoma a mis ojos y a mi garganta, y que siempre llega puntual a pedirme que me siente a escribir –lo he llamado inspiración– para separarme de la vida. Me siento en la cama y siento que recupero lo que quizás un día fue mío, separado de mi por setecientos folios de un junio maldito que quiso apartarme de mí mismo. Y que no lo ha conseguido.
Escribo pensando en la suerte que he tenido por no haberme separado de ellos. Ni de ellas. Pienso en cada uno, lo siento. Y sé que de alguna manera soy un poco de todos ellos. Por separado. Sentir y separarse. Aún no he hecho otra cosa que sentir y separarme. De ellos –y lo siento–.
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