12 de julio de 2008

Lo siento

Esta noche quiero escribir. Para matar el tiempo y no sentir que siento que todo me sienta mal, cuando me siento en una mesa con una copa entre las manos. Para matar la espera vacua que me separa de su voz, que me separa del sueño que me separe de este día de sentimientos separados, de alcoholes que se separan en el vaso mientras me siento a esperar que me separen del día. Igual que tu voz...

Escribo esperando volver a sentir ese llanto ahogado que se asoma a mis ojos y a mi garganta, y que siempre llega puntual a pedirme que me siente a escribir –lo he llamado inspiración– para separarme de la vida. Me siento en la cama y siento que recupero lo que quizás un día fue mío, separado de mi por setecientos folios de un junio maldito que quiso apartarme de mí mismo. Y que no lo ha conseguido.

Escribo pensando en la suerte que he tenido por no haberme separado de ellos. Ni de ellas. Pienso en cada uno, lo siento. Y sé que de alguna manera soy un poco de todos ellos. Por separado. Sentir y separarse. Aún no he hecho otra cosa que sentir y separarme. De ellos –y lo siento–.

10 de julio de 2008

No hay nada que oír

Balanceo mi cabeza mientras veo la ciudad pasar a mi lado, tras mi reflejo oscuro en el cristal del autobús, al ritmo que le impone el sonido de mis auriculares. Alguien me observa en la distancia, como si el movimiento de mi cabeza estuviera asintiendo una sospecha triste. Confirmación lenta y cadente de un pensamiento pesimista.

Estoy solo. La música me aísla. Impone un silencioso muro entre los otros y yo. Quien me observa lo sabe, y lo ha escrito. Y ahora me mira con un gesto triste.

Pero no hay nada que oír. Una conversación estúpida. Gritos. Un llanto. El rumor incesante de la circulación. Día tras día, durante años, he soportado la invasión del ruido ajeno, su violación. Pedazos de conversaciones, gritos de los que soy daño colateral, sólo por estar donde no debo. Llantos que no puedo, que no quiero, que no debo reconfortar.

No hay nada que oír. Ya nadie tiene nada que decir. Y ya no quiero escuchar lo que no quieren decirme.

6 de julio de 2008

La bandera

Tan grande como de costumbre...

Dirán algunos que, tal y como anda el asunto, podríamos mandar a tomar por saco ese viejo trapo y hacer uno distinto. Al fin y al cabo sólo existe desde hace dos siglos y medio. Podríamos encargarle una bandera nueva, más actual, a Mariscal, a Alberto Corazón o a Victorio o a Lucchino. O a todos juntos. Pero es que iba a dar igual. Tendríamos las mismas aunque pusiéramos una de color rosa con un mechero Bic, un arpa y la niña de los Simpson en el centro; y en las carreteras, el borreguito de Norit en vez del Toro de Osborne. El problema no es la bandera, ni el toro, sino la puta que nos parió. A todos nosotros. A los ciudadanos de este país de mierda.

Arturo Pérez–Reverte

3 de julio de 2008

451

Un tren y Fahrenheit 451 entre mis manos. Creo que nunca me cansaré de releer este libro, impregnado de melancolía en cada una de sus páginas. Mi mirada triste se pierde entre las ventanas del vagón. Por un momento, temo ver el libro consumiéndose en las llamas de algún día no muy lejano. Y lo aprieto fuerte contra mi pecho.

Usted no es como los demás. He visto a unos cuantos. Lo sé. Cuando hablo, usted me mira. Anoche, cuando dije algo sobre la luna, usted la miró. Los otros nunca harían eso. Los otros se alejarían, dejándome con la palabra en la boca. O me amenazarían. Nadie tiene ya tiempo para nadie.

Ray Bradbury – Fahrenheit 451