10 de julio de 2008

No hay nada que oír

Balanceo mi cabeza mientras veo la ciudad pasar a mi lado, tras mi reflejo oscuro en el cristal del autobús, al ritmo que le impone el sonido de mis auriculares. Alguien me observa en la distancia, como si el movimiento de mi cabeza estuviera asintiendo una sospecha triste. Confirmación lenta y cadente de un pensamiento pesimista.

Estoy solo. La música me aísla. Impone un silencioso muro entre los otros y yo. Quien me observa lo sabe, y lo ha escrito. Y ahora me mira con un gesto triste.

Pero no hay nada que oír. Una conversación estúpida. Gritos. Un llanto. El rumor incesante de la circulación. Día tras día, durante años, he soportado la invasión del ruido ajeno, su violación. Pedazos de conversaciones, gritos de los que soy daño colateral, sólo por estar donde no debo. Llantos que no puedo, que no quiero, que no debo reconfortar.

No hay nada que oír. Ya nadie tiene nada que decir. Y ya no quiero escuchar lo que no quieren decirme.

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