En el eco lejano de tu risa se desvanece la mía de mis labios vacíos y tristes. Aunque ya no hay lágrimas como antes, me dejo invadir por la tristeza y la melancolía... y entonces siento que no seré capaz de sonreir, y dejo que el llanto contenido me abrace con su escalofrío. No todas las lágrimas son amargas, pero no quisiera llorar. Aunque tal vez lo necesite.
Sé que tengo que seguir adelante y me obligo a ser realista... Las cosas no van tan mal, sólo que podían ir mejor. Cierro los ojos y quisiera soñar con una vida donde todo fuera distinto... pero entonces me doy cuenta de lo lejos que he estado, estoy y estaré de mi sueño.
Y por momentos parece que nada valga la pena... muy poco de lo que hago me acerca a tí, y siento cómo los días pasan iguales, y cómo sigo igual de lejos de una parte de mí que en realidad jamás poseí.
A tu lado todo parece tan diferente... tal vez lo sea. Me pregunto si de verdad todo esto tiene sentido, y de momento la respuesta sigue siendo afirmativa. Espero, ya que no parece que esto vaya a mejorar, que por lo menos todo siga igual de mal. Pero que siga. Te necesito.
30 de agosto de 2006
El sueño de los vivos
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Pau
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Entonces
Duermes a mi lado... Tu cuerpo descansa inmóvil y el cabello suelto cae sobre tu cara arañada por los primeros rayos del sol. Y junto a tí, mi mano escribe, indecisa primero, ahora con determinación. Quisiera poder acariciarte ahora con la seguridad con que escribo, pero una fuerza invisible, un respeto sagrado me impide siquiera rozarte...
Fuera el día agoniza, los rayos de sol giran lentos en la habitación y la claridad se apodera también de tu precioso cuerpo definiendo ante mis ojos de insomne tus líneas suaves y estremecedoras... Testigo mudo e inmóvil de tu plácido sueño, como quien observa la siniestra belleza tranquila del cadáver y sabe que que no debe perturbarlo...
Contengo la respiración en aquella cama enorme, en este frío despertar. Apenas a unos centímetros, pero separados por la distancia insalvable que interpone la frontera entre la realidad y el sueño...
¿Y si durmieras?Entonces tú.
¿Y si en tu sueño, soñaras?
¿ Y si soñaras que ibas al cielo y allí recogías una extraña y hermosa flor?
¿Y si cuando despertaras tuvieras la flor en tu mano?
Ah, ¿Entonces qué?Samuel Taylor Coleridge
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21 de agosto de 2006
Día y noche
- Hace buena noche, ¿verdad?
- Es de día.
- Y es un día magnífico. Y tan bello que parece de noche.
- Entonces es cierto, hace muy buena noche –exclamó. Y le miró con una mezcla de curiosidad y complicidad... –
- Me gusta la noche. Las hay tan azules que brillan tanto como el día.
- Pensé que era al revés.
- Eso depende. Las noches alumbradas por ojos azules adquieren a veces la luz del día. Hay mucha luz en las miradas de las personas... tu por ejemplo, tienes unos deslumbrantes ojos azules...
- Pero es de día... ¿para qué los quiero sin una noche que alumbrar? A no ser que podamos oscurecer el día. Con unos ojos negros, por ejemplo.
- Por ejemplo –sonrió por primera vez–. Es verdad que hace un día precioso. Pero sin duda lo mejor son las vistas.
Miró por la ventanilla del viejo tren, y contempló el paisaje durante unos minutos... se volvió y al final dijo:
- Me temo que no veo nada. Es que es de noche.
- No me refería a esas vistas. Es un regalo poder verte sólo a ti, ahora que es de noche.
- No sé qué dirás cuando anochezca de verdad...
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9 de agosto de 2006
El calor gélido de la mañana
Escuchaba el latir de su corazón interrumpido por la respiración arrítmica y convulsa. Le encantaba y le excitaba la imagen de aquella mujer desnuda sudorosa y despeinada moviéndose con él al compás que la pasión les marcaba.
Observando aquella bella chica deshaciendo la cama de aquel viejo hotel, feliz y confiada, no pudo sino recordar con una sonrisa lo extremadamente sencillo que había resultado llevarla hasta aquel lugar. Realmente, ella no era capaz de sospechar a quién había conocido aquella noche. Sencillamente, se rindió como tantas otras al encanto misterioso que poseía aquel sujeto de mirada ausente que había aparecido como de la nada... era consciente de que como casi todos los hombres que había conocido, probablemente iba a desaparecer con la primera luz del día y que ella no significaba nada para él.
Tenía razón. Por eso a aquel enigmático desconocido no debió importarle mucho apretar la almohada contra su cara para asfixiarla, justo cuando el cuerpo de la chica comenzaba a estremecerse de placer una vez más... Sin apenas fuerzas para resistirse, la joven moría a los pocos minutos mientras su asesino continuaba poseyendo su cadáver con renovada pasión.
Una última mirada cuando abandonaba la habitación por la mañana le separó para siempre de aquel precioso cuerpo blanquecino.
Fuera hacía un día precioso.
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