18 de marzo de 2008

Desde el tren

Aquí el mar se funde en paz con la tierra, en la caricia ondulante y eterna. Tal parece que sea siempre la misma ola la que acaricia, seduce y rodea los suaves acantilados con sus brazos tranquilos.

En el infinito se funden los azules y se intuyen los confines de este mar tranquilo de aguas que mecen en vez de romper, que no braman sino susurran, rendidas al abrazo cálido de la roca milenaria.

2 de marzo de 2008

Espacios en blanco

Aquella noche me acosté escudriñando en busca de respuestas las formas caprichosas del corcho de la pared, teñidas de la luz amarilla de la ciudad insomne entrando por mi ventana, abierta de par en par en la madrugada eterna del verano.

Imposible conciliar el sueño bajo el sol abrasador de la noche. Mi piel ardía y la breve brisa venía a consolarla a intervalos cada vez más largos. El cuerpo cansado inmóvil, extendido sobre la cama. La mente inquieta seguía buscando las respuestas vacías de las sombras. Sed que no puede ser saciada.

Solo y perdido, sintiendo cómo mi consciencia se desliza por un invisible agujero negro en mi cabeza cada vez que intento imaginar mi muerte. Recordando cómo escribí hace unos años aquello de "qué difícil resulta comprender la eternidad a un ser hecho de tiempo". Quemándome una y otra vez con la cerilla –a punto de consumirse– que me recuerda que mis días vuelan, que quizás esté ya más cerca el final que el principio.

Supongo que fue aquella noche, esa madrugada agobiante, cuando algo se rompió en mi interior, y al dirigirme a mi dios sólo pude sentir el eco de mi propia voz retumbando en mi mente... Fue aquella noche cuando me sentí solo por primera vez.

Quizás cada vez era más difícil creer. La razón avanzaba rápido en mi mente dándome respuestas, haciendo retroceder a mi dios de los espacios en blanco. Arrinconado, confuso entre las sombras del corcho de mi habitación, su voz se perdió para siempre en la noche. Y nunca más pude volver a escucharla.

Qué duro es sentarse ante uno mismo y mirarse a los ojos sin miedo, dispuesto a llegar hasta el final. Qué duro es asumir el abismo insalvable como parte del injusto contrato de la existencia. Qué duro es bajar la mirada, encogerse de hombros en la noche y empezar a desmontar toda tu vida, pieza a pieza, para volver a empezar desde el principio. Quemar los libros de la infancia, romper con uno mismo con lágrimas en los ojos.

Pero por primera vez sentí que todo encajaba, que podía estar de acuerdo conmigo mismo, que podía seguir mirándome a los ojos para siempre. Sólo entonces pude conciliar el sueño.

Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte,
al borde del abismo, estoy clamando
a Dios. Y su silencio, retumbando,
ahoga mi voz en el vacío inerte.

Oh Dios. Si he de morir, quiero tenerte
despierto. Y, noche a noche, no sé cuándo
oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando
solo. Arañando sombras para verte.

Alzo la mano, y tú me la cercenas.
Abro los ojos: me los sajas vivos.
Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas.

Esto es ser hombre: horror a manos llenas.
Ser —y no ser— eternos, fugitivos.
¡Ángel con grandes alas de cadenas!

Blas de Otero – Hombre