4 de noviembre de 2005

Parte V. Lágrimas de fuego

Ésta es la quinta parte de "The Cemetery Gates". Puedes leer los capítulos anteriores más abajo en esta misma página o utilizando los enlaces de la derecha.


A Olga.

Permanecía atónito mirando al viejo fraile... hacía apenas unos minutos le había visto morir a mis pies, y ahora estaba allí, a mi lado, con una sonrisa burlona en los labios, mirando al frente con serenidad. Me sentía atenazado por la presencia tranquila pero severa del anciano. Sin volver la cabeza comenzó a hablar en un tono sosegado y sostenido. Su voz ronca y cansada resonaba en la pequeña iglesia.


«El mal existe. Ha existido siempre, y del mismo modo existirá hasta que el último humano exhale su aliento postrero. No hay razón para negarlo, sólo podemos admitirlo... es parte de la fragilidad de nuestra existencia, un siniestro acompañante cuya presencia se pierde en la oscura noche de los tiempos.


»Mírales a ellos, todos aquellos con los que compartiste tu vida, todos aquellos que amaste... viven despreocupados, inmersos en la dura espiral de su rutina, ajenos por completo a la dura batalla que se libra sobre sus cabezas. Piensan que están aquí por algún tipo de extraña casualidad, que nada de lo que hacen trascenderá... y así viven sus vidas, sin sueños ni esperanzas. Pensando sólo en su existencia, marginaron la esencia que los hizo personas, sólo porque no pueden explicarla con la ciencia que ellos mismos se inventaron.


»Sin embargo, cada segundo de sus vidas es un movimiento más de una partida de ajedrez. Una partida que empezó hace ya miles de años. Todo en el mundo es una batalla, un equilibro de fuerzas opuestas, capaces de compensarse. Nuestras vidas no son ajenas a esa lucha... El bien y el mal se disputan nuestro siguiente paso con una codicia inconcebible para nosotros.


»Sí... el mal existe... claro que existe. Y su mayor éxito es precisamente el de hacernos ajenos a su existencia. Pero esta ahí, pendiente de nuestras decisiones... Esperando el momento para someternos a sus designios y convertirnos en sus siervos.


»Ahora dudas... no recuerdas quién fuiste, pues él te lo ha robado todo, él te engañó, como engañó a muchos... no eres capaz de recordar nada, para tí todo empezó esta fatídica madrugada. En realidad, esta madrugada ha terminado todo. Él te ha destruído. Pero voy a ayudarte.»


El fraile quedó sumido en un profundo silencio, sólo rasgado por su respiración cansada. ¿A quién se había referido? ¿Quién era “él”...? Las preguntas me consumían, pero no podía mover los labios... me sentía agotado. El anciano se volvió hacia mí. Sus ojos brillaron bajo la capucha blanca de su hábito y levantándose despacio, subió al altar. Alzó sus manos y comenzó a recitar un extraño poema en latín... Una luz apareció tras él y comenzó a hacerse más y más fuerte, hasta cegarme por completo.


Ahora me encontraba en una habitación que me resultaba familiar. Era de noche, y en la cama de matrimonio dormía apaciblemente un joven de largos cabellos negros. Pude escuchar al fraile diciendo en mi cabeza «Ese eres tú» En ese momento abrió la puerta de la vivienda. Alguien había entrado. Se oyeron unos pasos y a los pocos segundos, un hombre se asomó a la habitación empuñando una cuchillo. No podía verme. Se acercó a la cama, y apuñaló diez veces en el tórax a quien en ella dormía. Se guardó el arma ensangrentada, y corrió a la cocina. Volvió con un pequeño brasero, con el que prendió fuego en segundos a la cama y las cortinas... tras ello, abandonó la vivienda sin mirar atrás. La habitación se convirtió rápidamente en un infierno de llamas y humo.


Antes de que fuera consciente de lo que acababa de ver, otro nuevo fogonazo me cegó. Cuando pude volver a abrir los ojos estaba en pie, sobre una alfombra de hierba verde. Miré rápidamente a mi alrededor. Una multitud de tumbas grises me dijeron que me encontraba en un cementerio. Era una mañana tranquila y luminosa. El sol se filtraba por las hojas de los numerosos árboles del camposanto, y el rocío humedecía la tierra y el aire. Comencé a caminar hacia un grupo de personas reunidas en torno a una fosa, junto a la cual esperaba un ataúd de nogal negro. Me acerqué nervioso. Me estremecí al reconocer la lápida junto a la cual había despertado esa mañana... volvía a sentir ese nudo de nerviosismo atenazando mi garganta. El silencio era insoportable, sólo rasgado por un sollozo...


Una bella mujer vestida de negro lloraba desconsoladamente. Un oscuro velo cubría sus rubios cabellos y sus ojos vidriosos permanecían mirando la tierra. Su cara era preciosa como el día, pero su corazón parecía envuelto en tinieblas. Las lágrimas brotaban de sus ojos verdes haciéndolos brillar, y se deslizaban por sus mejillas para perderse en el abismo de su boca... Era ella.


Copyright © 2005 Pablo Torrecilla. Todos los derechos reservados. Gracias por dejar un comentario.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Ostras tío... me sorprendes cada día más! Está muy bien!... y gracias por dedicármelo... Te quiero! ;)
Un besazo...