1 de noviembre de 2005

Parte IV. Blanco y negro

Ésta es la cuarta parte de "The Cemetery Gates". Puedes leer los capítulos anteriores más abajo en esta misma página o utilizando los enlaces de la derecha.


Acababa de ver agonizar a un viejo indefenso a mis pies. Contemplé la escena durante unos segundos, con la mirada ausente... pensé que la situación podía complicarse si alguien me descubría, así que me puse su hábito rápidamente. La capucha raída ocultaba mi rostro en el abrigo de su oscuridad... arrastré el cadáver dentro de una celda, y marchando a un paso forzadamente lento, emprendí el camino que nunca pudo terminar el fraile. Sólo un charco de sangre fresca recordaba el terrible crimen que acababa de consumarse en aquel lugar.

El oscuro pasadizo parecía no tener fin. Tras unos minutos llegué a una puerta de madera vieja que permanecía entreabierta. Me asomé con cuidado, y al no distinguir nada sospechoso, la crucé con cuidado de que su chirrido no me delatara. Me encontraba ahora en el claustro del monasterio. Ante mí podía ver un pequeño y sencillo parque de forma cuadrada, abrazado por un corredor. Cada tres pasos, una gruesa columna de piedra se erguía, sustentando el techo de madera carcomida. Comencé a deambular en silencio por aquel misterioso lugar.

Me sorprendió el caminar lejano de un centenar de personas. La misa debía de haber terminado... lo había olvidado por completo. Instintivamente me oculté tras una de las columnas. Frente a mi posición se abrió una puerta, y una hilera interminable de frailes comenzó a desfilar atravesando el jardín, de un extremo a otro del claustro. Parecían sumidos en una profunda meditación y caminaban con los ojos cerrados, por lo que me tranquilicé... no parecía que pudieran detectarme. En la cabeza de la silenciosa procesión, el que parecía ser el prior, portaba una gran cruz dorada. Dos frailes más le flanqueaban acarreando sendos libros. De la misma forma en que habían llegado fueron saliendo por otra puerta, todo era un silencio sólo roto por el ruido de sus pies desnudos al chocar contra el camino de piedra. Cuando hubieron desaparecido, se cerró el portón a sus espaldas.

Tras un tiempo que estimé prudente, salí de mi precario escondite y me dirigí a la puerta de la estancia que habían abandonado los frailes. La pesada puerta de hierro se abrió con un quejido, dejándo ver tras de sí la iglesia del monasterio. No era muy grande ni ostentosa, pero lo cierto es que la construcción era verdaderamente bella en su sencillez. Unos sobrios y largos bancos de madera envejecida recorrían a lo ancho toda la nave... Parecían llevar allí muchos siglos... tal vez fuera así.

Me dirigí hacia el altar mayor con tímidos pasos... al llegar a la primera fila de bancos me detuve y me senté. El sol estaba en todo lo alto y se filtraba por las escasas ventanas de la construcción. Por primera vez, sentí que podía respirar tranquilo. Había llegado allí en una frenética huída hacia ninguna parte salpicada de sangre inocente... Me sentí verdaderamente agotado. Pensé en el fraile, que apenas tuvo tiempo de ser consciente del horror de sus últimos momentos. Vino a mí la imagen de su corazón, escupiendo sangre en mi puño; del horror en sus ojos cansados al observar su propio corazón unos segundos antes de morir. Me pude ver devorándolo como una horrible bestia diabólica... No me reconocía en aquel momento... podía mirarme desde lo alto, en el pasillo, clavando mis manos en su tórax y buscando su corazón, era puro instinto, una orgía de maldad y violencia. Estaba asustado de mí mismo, del mal que llevaba dentro, y de la misteriosa fuerza que lo hacía brotar de esa forma.

Me llevé la cabeza entre las manos, y un llanto aterrorizado salió de mis ojos vidriosos. Una mano se posó sobre mi hombro sobresantándome. Volví la cabeza con un nudo oprimiendo mi garganta hasta dejarme sin respirar... Tras de mí, se erguía la figura intrigante de un fraile de hábito inmaculadamente blanco. El extraño personaje se quitó la capucha despacio... al momento reconocí sus ojos grises, su mirada cansada y su pelo cano... y su horrible herida en la frente. El nudo de mi garganta devino en un grito lleno de miedo y angustia. El anciano volvió a ponerse la capucha y moviéndose tranquilo, se sentó a mi lado. «Ni se te ocurra volver a matarme» dijo, y sus ojos brillaron en las sombras.


Copyright © 2005 Pablo Torrecilla. Todos los derechos reservados. Gracias por dejar un comentario.

3 comentarios:

Noire Princess dijo...

Vaya me dejas sin palabras!!! simplemente me atrapaste!!!!

Un beso desde la ventana

Noire Princess dijo...

P.d espero poder ponerme en contacto con usted... si tiene msn agrégueme

angelouz_hypnotic@hotmail.com

Y voy a poner un link a su blog desde el mío, espero que no le moleste...

Anónimo dijo...

Wooooooooooo, gandalf el gris a vuelto transformado en gandalf el blanco!!!!!!!!!!!!!!!!!! jajajjaja. Joder, hermano, el final es la ostia, joder!!! "ni se te ocurra volver a matarme" jajajaa, buenisimo.

Me alegra que hayas decidido volver a traer al monje.

Solo una cosilla tesnica: El nudo de mi garganta devino ES un grito lleno. Ya lo cambiaras.

Estaremos en contacto, hermano ñu! (no me jodas y escribe!!!) Jeje...