Esta es la tercera parte de "The Cemetery Gates". Puedes leer los capítulos anteriores más abajo en esta misma página o utilizando los enlaces de la derecha.
Con las primeras luces del día me encontré junto al muro de piedra de lo que definitivamente resultó ser un monasterio. Su silueta se levantaba frente a mí con una majestuosidad siniestra y misteriosa. Muros de piedra, ventanas de madera vieja quemada por el sol. Aparentemente, consistía en una iglesia románica y sobria a la que había sido añadido el edificio de los monjes, muy sencillo también, y cuidado con mucho esmero. Todo el conjunto descansaba sobre la falda de la montaña, como un niño en el regazo de su madre.
Trepé por el muro para poder ver mejor el edificio. Me sorprendió la fuerza de mis brazos, que podía ver esqueléticos, casi demacrados... con cuidado para no ser percibido, eché un vistazo por encima de la tapia. Como había supuesto, todas las tierras que rodeaban el edificio estaban sembradas... legumbres, verduras, árboles frutales... el colorido primaveral de las huertas contrastaba con la sobriedad amarronada de la piedra del monasterio. Había una cierta cantidad de arbustos rodeando todo el patio, así que decidí a subir completamente a lo alto del muro, me dejé caer con sigilo y me oculté tras un matorral.
El corazón me latía con furia... pensé si sería un buen momento para comer algo, pero sorprendentemente no parecía tener hambre... no podía permanecer allí eternamente, de modo que comencé a caminar a gatas hasta el edificio del monasterio. Un súbito ruido de campanas me puso al borde del colapso, pero me tranquilicé tras pensar en que todos los frailes irían ahora a celebrar una misa. Me levanté y corrí agazapado hasta una ventana abierta de la primera planta. Miré rápidamente y sin pensarlo ni un segundo, salté a través de ella. Estaba dentro.
Mis ojos tardaron en acostumbrarse a la oscuridad casi tenebrosa... inspeccioné rápidamente el lugar. Me encontraba al final de una especie de largo corredor. A derecha e izquierda había puertas y puertas, supuse que eran las celdas de los frailes. Comencé a caminar hasta que llegué a una esquina... la doblé con precaución, y frente a mí ví continuar la sucesión interminable de puertas. Abrí una muy despacio, temeroso de ser descubierto... pude ver una cama, un armario viejo y destartalado, y un crucifijo sencillo sobre una pequeña ventana.
Súbitamente oí el golpe de una puerta al cerrarse y unos pasos apresurados que se acercaban. Se oía a alguien murmurar enfadado. El murmullo se iba haciendo más y más próximo... Rápidamente reaccioné y me metí en la celda, empujando la puerta tras de mí pero sin cerrarla del todo... quería poder mirar. Quien quiera que viniera -supuse que era un fraile- calló y se detuvo de inmediato, se había percatado de que había algo raro... pero al momento reanudó su marcha y su farfullo malhumorado. Me quedé pegado al umbral, mirando por la rendija que quedaba.
El anciano fraile dobló la esquina y pasó ante la puerta sin intuirme siquiera. Vestía un hábito negro, algo raído pero en general en buen estado, con un cordón dorado en la cintura... tendría más o menos mi altura... sonreí con una mueca macabra y con suavidad, me deslicé tras él.
Debió de sentirme, porque se detuvo en seco nuevamente. Volvió la cabeza justo a tiempo de que el crucifijo que previamente había descolgado de la habitación se hundiera en su frente. La sangre comenzó a brotarle de la brecha a borbotones. Levantó la cabeza, ya tambaleándose... una mueca de horror quebró su expresión, cuando sus ojos repararon en la piel quemada de mi rostro. Le sujeté por los brazos y le dejé en el suelo para que su caída no alertara al resto del monasterio.
El anciano balcuceaba oraciones en latín escupiendo sangre, mientras yo le arrebataba el hábito con violencia. Sus ojos grises vidriosos se posaron en los míos... “Es Satanás quien te envía... pero veo amor en tu interior. Yo... te perdono” susurró. Su mirada se llenó de terror cuando le mostré su corazón arrancado escupiendo sangre en mi mano cerrada. Lo devoré ante él. A los pocos segundos expiraba. Murió con el gesto tranquilo, no había rastro de miedo en su rostro, solamente el cansancio de una vida.
Copyright © 2005 Pablo Torrecilla. Todos los derechos reservados. Gracias por dejar un comentario.
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1 comentario:
Hola! oye, esto cada vez se pone más interesante, de verdad! espero que sques pronto la cuarta entrega! y que haya sangre, mucha sangre!! jejeje.
Sigue así, creo que vas por buen caminos, las críticas más profundas, ya te las diré en privado (groar).
Besitos y mordiscos!
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