Era una noche sin luna... me incorporé en la oscuridad más obsesiva y comencé a caminar hacia lo que parecía ser una luz fría e inerte que vibraba inquieta en la lejanía... Sentía un frío paralizante, más que en toda mi vida... crucé los brazos sobre mi pecho sin reparar en que mis anteriores ropas eran ahora harapos húmedos y mohosos... Seguí caminando a pasos irregulares, encorvado y con la cabeza baja. El viento siniestro de la noche sacudía los árboles y los hacía oscilar amenazadoramente. La hierba alta se movía al compás, en un unísono caótico que trazaba mil caminos sin destino a un mismo tiempo. Su anterior verdor vivo había devenido en una palidez negruzca. «Todo es tan distinto en la noche...»
Avancé confuso en la penumbra. La humedad de la madrugada empapaba mis pies y lo que en otro tiempo habían sido unos pantalones. Mi paso era vacilante y se tornaba inestable por momentos. Perdí el equilibrio de nuevo, y mi cuerpo entero dió contra el suelo frío y duro. La tierra empapaba mis labios... levanté entonces la cabeza, y un grito de horror ahogado estremeció mi garganta. Frente a mí se alzaba la silueta siniestra e imponente de una lápida gris sucia y estropeada.
De un salto me puse en pie, lleno de pánico. El sudor escapaba por todos mis poros y un escalofrío recorría mi espalda. Miré a mi alrededor y no pude sino caer de rodillas, cuando las siluetas de las tumbas y las cruces pétreas de los nichos, me hicieron comprender que la pútrida tierra que pisaba era tierra de cementerio.
Corrí preso de un terror indescriptible, tropezando con las hileras de sepulturas que torpemente trataba de saltar... Al final de un camino casi borrado vislumbré de nuevo aquella débil luz azulada tras lo que parecía ser una vieja puerta... quería ir más y más deprisa, salir de allí, pero tenía las piernas completamente entumecidas, las sentía pesadas y duras como la roca, y apenas percibía como se estremecían a cada paso que daba. Tras unos segundos de carrera llegué a las verja de la entrada.
Empujé con mis escasas fuerzas la pesada puerta que chirrió como un chillido agonizante que me produjo un largo y truculento escalofrío... Al fín sentía que podía respirar. Me encontraba en una carretera apartada y en penumbra, sólo iluminada por unas pocas viejas farolas de luz débil e incandescente. Lleno de alivio, me volví hacia el camposanto cubierto por las sombras y dirigí una mirada inquieta... Con el rostro descompuesto, y aún preso del pánico, comencé a caminar con paso dubitativo por la oscura carretera, sabiéndome solo e indefenso.
Siempre me había aterrorizado el simple pensamiento de poder encontrarme un día frente a las puertas del Cementerio... Ahora sabía que había algo más horrible: encontrarse tras ellas...
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1 comentario:
El sudor escapaba por todos mis poros y un escalofrío recorría mi espalda [...]
Voy a llamar a la SGAE ahorita mismo jejeje.
Eskorbuta
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