18 de noviembre de 2007

Peste

No se vive mal con la peste negra, una vez te acostumbras a la inflamación de los ganglios. Cuesta un poco más respirar cuando estás acostado, y algunas noches te despiertas tosiendo y vomitando sangre. La temperatura corporal es también un pequeño contratiempo, aunque casi no lo notas gracias a las continuas convulsiones y ese dolor punzante que hace que aprietes los dientes hasta romperlos. No exagero, ayer se me partió uno así.

Cada noche me despierto gritando y llorando de miedo, aunque el doctor me comentó el otro día con gesto grave que sólo me quedan tres meses de vida. No deja de ser una buena noticia, sólo tres meses agonizando y todo habrá terminado para siempre...

Lo que peor llevo son esas manchas negras y azuladas de la cara y el pecho. Bueno, eso y que hace dos días se me han abierto las inflamaciones del cuello, de los brazos y de las ingles, y no paran de expulsar ese líquido pestilente y blanquecino.

La verdad es que me quedan fatal...

9 de noviembre de 2007

Abandono

¿Qué hago aquí? Apenas pude respirar el aire contaminado de la estación y ya me había sumergido de nuevo en el insomne ajetreo de la capital. Terminal, cercanías, metro. No tengo prisa, pero me contagio de la histeria colectiva y acabo caminando a toda velocidad, sin saber siquiera a dónde llevan mis pasos.

Las paradas se suceden con el ritmo acompasado de pasos que entran y salen del vagón. Sólo puedo pensar en mi parada. Salgo. Pasillos y más pasillos. Prisas. Empujones. Poco a poco me alejo de la línea más transitada y llego al enlace. Más pasillos. Miradas. Unos ojos negros se quedan fijos al pasar a mi lado y durante un segundo el tiempo se hace más espeso. Nuestros ojos se apartan para siempre. El pasillo no termina.

Otro vagón de metro. Todavía no he visto un rayo de sol desde que llegué. Sólo túneles y más túneles. Suciedad. Una rata muerta. Una espera impaciente. Miradas que se cruzan en el vagón. Por fin llego a la estación de ferrocarriles. Subo a la superficie y ya ha muerto la tarde. Los rascacielos rompen la oscuridad, apenas jirones de luz artificial que parecen flotar en el cielo. La noche ha vuelto a ser más rápida.

Un vagabundo se disculpa con modales impecables al tropezar conmigo. Me dejo caer en un banco. Y espero.

¿Qué hago aquí? me pregunto. Me asustan las respuestas. Entonces acuden a mi mente aquellos primeros años en lo único que pude considerar alguna vez mi ciudad. El mar. El viento. Los amigos que dejé atrás. Aquellas personas que creí que estarían siempre conmigo. La enorme herida que dejaron abierta. Ellos. Ella. Y ella.

Me pregunto qué hago en esta estación donde el dolor parece haber impregnado cada esquina, en esta ciudad desconocida y amenazadora por la que he pasado sin ni siquiera ver el sol. Esperando un tren que me llevará a otro lugar más odioso que el anterior.

Miro al infinito y no puedo evitar preguntarme qué hago aquí. No sé responderme. Tan lejos de todos, tan cerca de nada. Miro al suelo, incapaz de comprender por qué me he abandonado en esta sucia estación tan lejos de todos. Y tan lejos de mí.

29 de octubre de 2007

Caminar

Un camino, un pueblo que se aleja a cada paso, una cumbre que se acerca con cada huella del camino. Como tantas veces, me encuentro en ese punto, demasiado lejos de casa como para regresar, demasiado lejos del final como para alimentar la esperanza de llegar antes de que caiga la noche.

Contemplo mis botas destrozadas de caminar sin descanso, durante horas, durante días. Sobre nieve, sobre barro, sobre hierba. Llegar y mirar atrás y perder el rumbo de tus propios pasos.

Si mi voluntad no flaqueó en aquella travesía infernal, si no me rendí ni caí agotado en la nieve de aquel invierno. Si no temí el silencio de aquel monte solitario. Si aguanté aquella otra noche entumecido bajo la lluvia con la única esperanza de un amanecer próximo. Si el calor del día ni el frío de la noche acabaron con mi determinación...

Sé que seguiré adelante, como hice siempre. Un paso, otro paso, con la vista puesta en el suelo. Tarde o temprano llegaré. Cueste lo que cueste.

Adelante.

18 de octubre de 2007

Codicia

El miedo a la perdida un camino hacia el lado oscuro es. El apego a los celos conduce, la negra sombra de la codicia es.

Yoda

15 de octubre de 2007

Otra noche de mierda en esta puta ciudad

No sé en qué momento desaparecieron las ilusiones. Quizás aquella mañana de septiembre terminó y empezó todo. Sólo la esperanza de un mañana mejor es capaz de hacernos soportar un día complicado, y si tal esperanza desaparece todo cuanto nos queda se vuelve gris y absurdo. El futuro se vuelve cada día más negro y la sombra comienza a cubrir el presente.

Siento como pierdo la sonrisa, cómo me falta alguien por quien ser feliz, tener a alguien en casa esperando mi sonrisa al final del día, saber que me encontraré con alguien por quien valga la pena estar alegre.

Cómo necesito ahora abrazar a alguien, cuando lo único que puedo encontrar en mi interior me recuerda que el sentido de mi vida está cada vez más difuso. Que todos los títulos y todos los ceros de una cuenta no pueden compensar el estar lejos de tantas personas. Que lo que gano no compensa lo que he perdido.

Me siento atado a una vida que no me pertenece, que no deseo para mí. Me pregunto quién la ha elegido por mí, o si he sido yo quien, con mis estúpidas decisiones, me he ido alejando cada vez más de lo que quiero creyendo que me estoy acercando.

He pasado años pensando y planificando, y ahora por fin siento que quiero librarme de esto y largarme de una vez de aquí. Cuando veo claro mi futuro en el horizonte, siento que la vía en la que me hallo no me llevará a ese punto. Quiero escapar, pero no encuentro una solución razonable que pueda sacarme de este punto, y empiezo a pensar que puede que no la haya. Que quizás lo único que necesito es mandarlo todo a la mierda, hacer la mochila e irme lejos.

Tomo demasiadas decisiones que no me conducen a ninguna parte. Pienso, decido, valoro cuál es el mejor paso siguiente, y de momento lo único que puedo hacer es sentarme a esperar. Pero me pregunto si puedo permitírmelo ahora. Si quiero seguir sentado esperando.

Estoy harto. De aguantar a cuatro gilipollas todas las mañanas. De no poder ver a mi novia cuando me sale de las narices. De sentir que lo único que hago es quejarme y no poner una puta solución a nada. De lamentar perder la tarde sin hacer nada mientras no hago nada. De no poder ver a la gente que quiero cada puto día, o cada fin de semana. De trabajar y que tarden en pagarme. De que me cuenten problemas que no son problemas y pensar que los míos posiblemente tampoco lo son.

No estoy para nada a gusto en clase con esa pandilla de cerebritos sonriendo al profesor y riendo sus coñas sin gracia. Empiezo a odiar las tres putas asignaturas que tengo. Pienso en hacer OTRO proyecto el año que viene y me dan ganas de salir corriendo, huir lejos de esta basura, de ese edificio horrible e incómodo en el que ya he pasado más tiempo del recomendable.

Sí. Estoy triste y hasta los huevos de todo al mismo tiempo. Cada vez que paso por Madrid acabo hecho polvo, supongo que es porque en el fondo me encanta poder perderme, ver gente nueva, no ir dos veces al mismo sitio. Creo que me recuerda que no pinto nada aquí.

Hay gente más jodida que yo, lo sé de sobra. Pero la verdad es que hoy por mí se pueden ir todos al infierno.

Ahora sólo tengo que encontrar la forma de aprender a mentir. Porque pienso que cuando alguien me pregunta “qué tal” realmente le importa y le cuento que estoy mal, y definitivamente, a la mayoría se la sopla. Así que me tocará preparar una sonrisa de retrasado para partirme con las gilipolleces de los profesores y decir que todo va de puta madre a los cuatro gilis con los que hablo a diario.

Mataría por juntaros a todos en el mismo sitio cinco putos minutos y deciros que es una puta mierda estar tan lejos de todos vosotros.