15 de enero de 2008

Invierno

Caminar bajo la cortina de lluvia de la vieja ciudad. Mirar al infinito del mar furioso en su inmensidad. Sentir el viento atravesarme con mil silbidos, hacerme temblar. Sentir haber escapado de lo obvio.

El calor de ese séptimo piso azotado por el nordeste. La lluvia chocando contra los cristales, con ese sonido que nunca sacaré de mi mente. El calor. El suelo de madera. El invierno siempre estuvo empañado de ese juego de contrastes, del frío de la calle y del calor de lo que fue mi hogar. Un abrigo ligero –nunca hizo demasiado frío–, un paraguas, y volver con una sonrisa entumecida en los labios.

No sé si esto cambió, supongo que también. Ahora apenas hay sonrisas a lo largo de estos días que se me escapan, siempre oscuros. Ese azote congelado y abrasador que saluda cada mañana como una losa inabarcable. Ese frío suelo de baldosas desiguales por donde el sol resbala apenas media hora, cada día a las doce en punto. Los muros azotados por la lluvia. El abrigo de invierno para salir si no queda más remedio. Los guantes. El viento que se clava como mil cuchillos. La ventana que no se abre porque está congelada.

Necesito sitios nuevos en los que morirme del asco. Este lo tengo muy visto.

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