16 de junio de 2006

Purple rain

El calor era infernal. Aquella noche parecía no querer terminar nunca, envuelta en el agobio de las sábanas ásperas y calientes. Permanecía mirando al infinito, sin poder cerrar los ojos irritados, con la molesta sensación de no saber dónde se encontraba, drogado por el cansancio de aquellos días eternos.

Había logrado conciliar el sueño, cuando el temblor de un trueno lejano sacudió los cristales y le despertó violentamente. A pesar del susto se alegró: aquel calor sofocante tenía las horas contadas... Llevaba meses esperando una gota de agua del cielo permanentemente azul de aquella ciudad perdida. Anhelaba la caricia refrescante de la lluvia, necesitaba sentir que podía respirar...

La tormenta irrumpió en forma de grandes gotas transparentes que empezaron a colarse por la ventana, y de un olor a campo húmedo que penetrando en la habitación oscura. Se incorporó, algo más aliviado, y levantó la persiana con energías renovadas. No había un alma en la calle, y no tardó mucho en rendirse al embrujo de la noche y salir a pasear bajo la lluvia. Quería disfrutar en toda su dimensión aquello que tanto había ansiado.

Recorrió las calles desiertas durante largo tiempo, acompañado solo por la felicidad sincera que producen las cosas sencillas. Bajo el manto fresco de la tormenta, al final de la calle, una joven contemplaba la noche con idéntico ensimismamiento. Permanecía sentada en un banco de piedra, en el mismo centro de un parque de árboles secos y tierra gris. Las manos apoyadas tras de sí y el cuerpo arqueado, dejando caer su cabeza hacia atrás... el agua chocaba con su frente y resbalaba entre sus cabellos.

Se dirigió hipnotizado hacia ella, sin poder apartar la vista. Cabello negros y ondulados, rostro sonriente y despreocupado, sin mirar a ningún sitio. Sin pensarlo, se sentó a su lado, levantó la frente y disfrutaron en silenciosa complicidad de aquel regalo del cielo...

Pasaron las horas entre ambos lentas y tranquilas. Sus miradas abandonaron el cielo para posarse en el otro... sonrieron tímidamente, compartiendo la misma felicidad inocente y romántica. Y ya no pudieron separar sus labios.

Y en el calor eterno de la noche, sin una gota de agua en mi garganta consumida, velo mis ansias rotas, preguntándome por qué el mundo es un lugar tan poco mágico para permitir que ciertas cosas sólo sucedan en los sueños y en los relatos, y siempre con el mismo final... Siempre despierto de los sueños, aunque los prefiera a mi vida. También escribo invariablemente ese maldito punto que ahoga la sedienta fantasía.

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