Temo ver llegar el día en que todo esto cambie dramáticamente para siempre. El avance tecnológico le lleva la delantera al intelectual desde hace demasiado tiempo. Y así, la historia de la humanidad se me asemeja a una descorazonadora lucha llena de oportunidades perdidas. Pudimos haber sido lo que el universo no podía siquiera atreverse a soñar. Todavía podríamos serlo.
Pero somos dramáticamente inerciales. Y así, preferimos seguir dejando que el alcohol consuma nuestro hígado y nuestra vida, dejar que alguien nos hiera cada día, dejar que nuestra alma se pudra, antes que simplemente cambiar. Cada segundo, las esperanzas del mundo se desvanecen. Cada segundo, esa increíble casualidad que fue la vida está más próxima de consumirse eternamente en el vacío del tiempo. Podíamos haber sido lo que hubiéramos querido. Y hemos querido ser esto. Hemos elegido matarnos entre nosotros en nombre de algo que ni siquiera existe. Hemos dejado nuestros destinos atados a las decisiones inconscientes de los miembros menos preparados de la sociedad.
El poder repugna a quienes deberían detentarlo. Y atrae a quienes en otras circunstancias no sobrevivirían. Una vez soñé con un mundo en donde la inteligencia fuera global. Donde todos constituyéramos una enorme red neuronal. Dicen que aún es posible, yo lo dudo. El hombre es un lobo para el hombre, pero porque al hombre le da la gana. Una vez soñé con un mundo donde todos decidíamos no ser lobos nunca más, sino hombres. Pero está escrito en nuestra naturaleza, y de la misma manera está escrito también en nuestro destino. Y sólo cambiaremos lo segundo en la medida en que seamos capaces de sobreponernos a lo primero.
Ahora temo que todo esto se esfume de una forma dramática. Temo levantarme un día con la noticia de que todo se ha acabado. Temo querer escapar y no saber a dónde. Y a veces querría escapar ahora que sí sé adónde ir. Y a veces sueño con hacer de mi vida algo totalmente distinto y liberarme de las ataduras que yo mismo me he impuesto. Lo puedo hacer. Es posible. Podría hacerlo mañana mismo.
Me iría lejos. A donde el clima fuera agradable y nadie me molestara. Y me haría una casa de madera, creo que sabría cómo hacerlo, o incluso podría comprarla. Podría vivir cómodamente. El calor y la luz se consigue haciendo fuego. El resto serían libros, tinta y papel. Y sería genial intentarlo. Y lo mejor –y lo peor– de todo es que puedo hacerlo. Realmente podría. No hay límites.
Pero como siempre, siento las ataduras invisibles que me sujetan a la rutina del hoy y mañana. Y me doy cuenta de que son las mismas que nos llevan silenciosamente a la destrucción. No es fácil cambiar. No es fácil ser revolucionario. Ni siquiera es fácil cambiar de compañía telefónica. Así que me planteo qué hacer. Si seguir la corriente o probar suerte. El mundo debería hacer lo mismo. Pero deprisa.

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